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18 de noviembre de 2016

  • 18.11.16
A través de la historia la mujer ha vivido en inferioridad social, educacional, jurídica, laboral, sexual y cultural respecto a los varones. Su función social quedó reducida al ámbito privado: el matrimonio (hogar, hijos y familia) hasta la Edad Moderna.



No será hasta mediados del siglo XX, cuando se produzca la verdadera revolución de las mujeres en busca de la igualdad en todos los campos de la vida. El reconocimiento social sobre la igualdad de derechos entre hombre y mujer es todavía un hecho reciente en algunos lugares, y también incompleto o inexistentes en otros.

Durante muchos siglos la mujer ha estado discriminada. Hay un conjunto de causas que ayudan a explicar, que no a justificar, su marginación social, cultural, económica y jurídica. La mujer en su espacio privado, tenía asignadas unas tareas sociales y era educada para ellas: matrimonio, maternidad y familia.

Esta reducción del papel de la mujer en el ámbito doméstico ha impedido que puedan acceder al mundo de la cultura y la ciencia, de ahí la defensa que se ha venido haciendo, a lo largo de mucho tiempo, de la supuesta superioridad intelectual del varón.

De un modo u otro, afortunadamente la madurez y el progreso del ser humano han conducido al reconocimiento incuestionable de la igualdad de ambos sexos. Hoy, aunque en muchos países y en circunstancias concretas se sigue produciendo esa situación de inferioridad y desventaja por parte de las mujeres, las leyes (sobre todo en los llamados países occidentales) recogen de manera tajante e inequívoca la igualdad de derechos de todo ser humano, sin hacer discriminación de sexo, raza, religión o ideología.

Las mujeres han luchado para que la marginación social, jurídica y laboral, tan arraigadas en nuestra educación y cultura, cambie por una igualdad en todos los ámbitos con los hombres. Esto se debe reflejar en una sociedad justa e igualitaria en sus leyes.

Así, la Constitución Española, en el artículo 14 y basándose en la Declaración Universal de Derechos Humanos, dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Estos postulados de igualdad constituyen los principios del reconocimiento de los derechos de las mujeres en cualquier parte del mundo. El hecho de ser mujer no debe ser motivo de discriminación ni privación de sus derechos.

Desgraciadamente, no podemos decir que esto se cumpla plenamente, no ya en países subdesarrollados o fuertemente mediatizados por la religión (países musulmanes, por ejemplo), sino en el mismo Occidente desarrollado y valedor de los Derechos Humanos, por supuesto tampoco en nuestro querido país los derechos de la mujer están plenamente conseguidos. Es cierto que lo están en el papel, pero la realidad dista aún bastantes kilómetros para conseguir la plena equiparación.

Durante el siglo XIX, mujeres de todos los países lucharon para que sus derechos políticos fueran reconocidos por la sociedad. Este hecho histórico es el conocido movimiento sufragista. En el siglo XX, las mujeres han alcanzado muchas de las metas propuestas en etapas anteriores.

Sin embargo, aunque las leyes garantizan la igualdad, en la práctica, las mentalidades y las actitudes de las personas no han cambiado. Por eso, en la sociedad contemporánea, todavía permanecen muchos rasgos sexistas y comportamientos discriminatorios respecto a las mujeres. Lamentablemente, la lista de mujeres asesinadas a manos de su pareja sigue en aumento en nuestro país.

Las mujeres, como colectivo, tuvieron vetado su acceso a la educación hasta finales del siglo XVIII; y solo poco a poco la sociedad fue aceptando la alfabetización femenina sin que ello supusiera un peligro para nadie. Pero hasta bien entrado el siglo XIX la mujer tuvo vetado completamente el derecho a la formación universitaria.

La lucha de la mujer por sus derechos civiles y por su igualdad ante la ley se inició en EE.UU. en 1848. En lo que respecta a los derechos políticos, concretamente al derecho femenino al voto no se consiguió hasta 1920. En Inglaterra el movimiento sufragista (derecho al voto) es muy activo desde 1903 y no conseguirán votar en igualdad de condiciones con el varón hasta 1928.

En España las reivindicaciones feministas fueron realizadas de manera individual por mujeres cultas. Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Victoria Kent o Federica Montseny fueron algunas de ellas. En 1931, gracias a Clara Campoamor se reconoció el derecho al voto de la mujer; esta situación cambió, por desgracia y para vergüenza nuestra con la guerra civil y la posterior dictadura, quedando la mujer sometida al marido en lo social y civil. En esta etapa hubo un claro retroceso en lo referente a la culturización de la mujer y de hecho aún hoy quedan en muchos pueblos de España mujeres mayores que no saben leer ni escribir.

A finales de los años sesenta, hay todo un movimiento de reivindicación y regeneración consiguiéndose, a partir de entonces y hasta nuestros días, la supresión del delito de adulterio, la legalización del aborto, la ley de divorcio y poco a poco la incorporación de la mujer a la vida laboral. Pero por desgracia aún nos queda camino que recorrer hasta conseguir la plena igualdad.

Es verdad que entre las mujeres y los varones hay diferencias físicas, anatómicas y funcionales. No obstante, estas diferencias solo afectan a los aspectos corporales y fisiológicos. Sin embargo, no lo olvidemos, como personas somos iguales, tenemos las mismas cualidades y las mismas aptitudes, tanto intelectuales como afectivas; en este sentido no se justifica ningún tipo de discriminación para la mujer. La igualdad entre mujeres y hombres es un principio jurídico universal reconocido en diversos textos internacionales sobre Derechos Humanos. ¡A por la auténtica igualdad!

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: RUQUEL


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