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22 de noviembre de 2016

  • 22.11.16
Tus hijos –que son mis alumnos, vaya– hubieran votado a Trump. Las nuevas generaciones se están idiotizando a velocidades ilegales por autovía; y esto es algo que constato a diario en mi puesto de trabajo: soy profesor de Lengua y Literatura en un instituto público. Hace unos años solía ser bastante frecuente, cuando llegaba a casa después de un día de clase especialmente frustrante, volcar toda mi basura mental en las charlas con mi novia y decirle: “joder, es el curso con menos nivel que he tenido nunca”.



El año académico siguiente me devolvía a hostias a la realidad: “madre mía, si son peores que los del curso pasado”. Entonces recordaba las charlas en clase del año anterior, los "sin el título de la ESO no vais a ningún sitio"; los "yo soy de los pocos de mi grupo de amigos, que son todos licenciados, que tiene trabajo"; los "estáis perdiendo la capacidad de reflexión"; los "van a hacer con vosotros lo que quieran"... Y una mezcla entre arrepentimiento y pena comenzaba a juguetear con mi bilis, que se volvía extrañamente más amarga cada año.

Mis alumnos hubiesen votado a Trump, os lo juro. Los estoy viendo en fila en el colegio electoral, como los abuelitos hoy día con Felipe, preguntando a los policías locales: “¿La papeleta de Trump cuál es?”. Ni perdone ni mierdas: no los hemos enseñado a eso. A lo mejor se hubiesen traumatizado por la existencia de una jerarquía donde ellos no fueran la cúspide.

El instituto más cercano a una capital, de los catorce en los que he trabajado, estaba situado a unos sesenta kilómetros. Allí, y más adentro, lejos de las urbes, donde aún no hacen falta medidores de la calidad del aire ni semáforos, los rumanos vienen a quitarnos el trabajo. Que, a ver, que quizá tu padre cobre a la vez el paro y sea albañil, pero los que de verdad son unos hijos de puta son los gitanos, que no hacen nada y viven de las ayudas y los turnos del Ayuntamiento. Que, yo qué sé, a lo mejor tienes una Beca 6.000 y más de mil olivos, bueno, puede. Pero los moros vienen para varear tres días y arreglarse la boca en el dentista, que es gratis para ellos. Así piensan.

A mis alumnos se la sopla todo, o casi todo: no les toques el móvil. Al menos tú. Si te lo pide tu novio se lo das, que es algo celoso, pero es que "TKMMM 6/09/16 nunka t boy a djar".

–¿Es que tú no le miras el móvil a tu novia, maestro?

—No, cenutrio, no.

Para muchos de mis alumnos no hay homosexuales, hay maricones de mierda. Y a algún compañero, porque lo he vivido, se lo han gritado desde las ventanas de la primera planta cuando salía para casa.

—Bah, déjalo, Pablo, no merece la pena.

Entonces, mi sangre alcanzaba temperatura Varoma y de mis orejas, como en los antiguos dibujitos de la Warner, se escapan silbando en forma de vapor todos los desencantos acumulados.

Desde el momento en que el sistema educativo pierde su papel de ascensor social, la educación en sí deja de tener sentido. Y les ponemos las cosas muy fáciles: solo hay que echar un vistazo a los modelos de triunfo social que exportamos a través de los medios de comunicación. Mis alumnos ya no quieren ser médicos: quieren entrar en Gran Hermano.

Pero no hay que irse tan lejos. Echar la culpa a Telecinco es muy fácil; es el propio sistema educativo el que se está fagocitando desde dentro. Durante los cuatro años de la ESO y los dos de Bachillerato, eso que, con suerte, se cursa en tu mismo pueblo, el alumno vive en una burbuja que explotará sin remedio alguno cuando salga del centro y se enfrente a lo que llamamos vida: donde cobras un sueldo de mierda, donde si eres un vago te despiden, donde hay muy pocas segundas oportunidades y donde, si quieres mejorar, "fueras estudiao".

Hoy día, los docentes tenemos que motivar a los alumnos que el propio sistema desmotiva. Y si repites curso, no te preocupes, voy a enterrar en papeleo al desgraciado de tu profesor y tú, nenito, tranquilo, que vas a promocionar aunque suspendas todas las asignaturas. Es lo que se conoce como Promoción por Imperativo Legal. Me gustaría tomarme unas cervezas con quien la ideó.

El problema ya no es que nuestros alumnos, tus hijos, no sepan: es que ya ni hacen. Los estamos dejando sin unos instrumentos mínimos para desenvolverse autónomamente en la vida. Hagan la prueba: lean juntos un texto y pídanle interpretaciones personales, relaciones con otros hechos similares, extracción de conclusiones. Luego, lloremos juntos.

Yo hago con mis alumnos lo que quiero: los convenzo, luego los disuado, los manipulo, los confundo... Al final de la clase les digo lo que he hecho y les doy permiso, entre risas, para que me digan: “maestro, eres un cabrón”. Pero soy un cabrón porque me lo he currado; porque no me lo han dado todo hecho, porque me he tenido que esforzar para conseguir las cosas.

He tenido que sufrir injusticias, y así aprendí a reconocerlas y combatirlas; y todo ello me ha otorgado capacidad de análisis y reflexión; y eso es lo que no tienen mis alumnos. Por eso votarían a Trump, porque se lo creen todo y porque no dice cosas tan alejadas de su forma pleistocénica de pensar.

Hoy estábamos leyendo una crónica cultural sobre los Oscar de Hollywood y les pedí que identificaran cinco títulos con sus correspondientes premios, y no eran capaces de diferenciarme entre el apellido de algunos actores, algunos topónimos y los títulos en sí de las cintas.

Entonces paré la clase y les expliqué su error comparándolo con la elección del Balón de Oro, para que se dieran cuenta de que me estaban mezclando a Messi, con Suiza y con el Real Madrid. Y en sus risas vi dos cosas: ignorancia y complacencia. Luego les pregunté por Trump, y uno de ellos me dijo que era un tipo muy malo.

—¿Por qué? ¡Cuéntanos!

—Porque lo dice la tele, maestro.

PABLO POÓ


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