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12 de noviembre de 2016

  • 12.11.16
Me encanta Imagine, de John Lennon. Un mundo sin fronteras, sin religiones, sin divisiones. Con respeto a los derechos humanos y a la individualidad. He conocido a mucha gente que sufre porque no se acepta. Y no lo hace porque la etiqueta que le han puesto hace que sean diferentes a una normalidad que no existe.



¿Somos alguno o alguna normales? ¿Alguien sabe lo que vive en el alma de cada ser? Sus anhelos, sus miedos, sus sueños, sus esperanzas, sus frustraciones, sus batallas... Todo esto permanece escondido al ojo y, en algunos casos, incluso es un misterio no resuelto para la propia persona. Una pena no ser capaz de verse.

Recoge Susanna Tamaro en su libro Donde el corazón te lleve un proverbio indio: "Antes de juzgar a una persona, camina durante tres lunas con sus mocasines". ¡Cómo cambiaría todo si lo hiciéramos, si un hechizo nos permitiera habitar otro cuerpo y otra mente durante algún tiempo!

Los niños son puros, para ellos todos somos iguales. Pasa el tiempo y con la socialización alguien los despierta del lindo mundo del amor y les hace conocer la rabia y el odio. Esa niña es fea, ese niño es mariquita, aquel está gordo... Y empezamos a encerrarnos en nosotros mismos.

Imagino un mundo donde cada uno podamos ser lo que somos. No elegimos quiénes somos, pero sí podemos elegir amarnos en nuestra singularidad. Estoy convencida de que se acabarían tantas guerras y tantas vidas malgastadas.

Mi amiga Mariana es italiana y lesbiana. Esto último es algo que ella está empezando a reconocer a sus 32 años. Viene de una familia católica invadida por el miedo al qué dirán, con un pensamiento servil sobre lo que está bien o está mal. Además, no son responsables de cómo actúan: tienen esa falsa seguridad que da el seguir lo que otro dice. No se cuestionan nada. Si la homosexualidad es un pecado y es antinatural porque la anacrónica Iglesia lo dice, así piensan ellos.

Llevan años viendo que ella solo tiene amigas, le preguntan por el novio y su repuesta es una huída a su cuarto. No entienden que prefiera llevar el pelo corto, ni que no le gusten los vestidos. Ellos desearían tener otra hija. No respetan su forma de ser y de vivir. Lo triste es que en esta familia, ese amor que Jesús predicaba brilla por su ausencia. Reglas, normas y más reglas para poder salir a la calle y confrontarte con el mundo. No pensar, solo actuar según las estrictas normas.

Miedo es lo que yo percibo. Hace unos años estuve en sus casa y mi intuición me mostró algo: su padre es un homosexual momificado en un armario, para el que ha fabricado una puerta de piedra tan pesada que nunca la va a abrir.

Ese odio que vi hacia su hija, y su pregunta velada sobre mi relación con ella me produjo escalofríos y pena. Nadie mejor que él sabe lo que ella vive y proyecta en ella su asco hacia lo que él es. Además, creo que también hay una parte de envidia porque ella no se va a negar a sí misma, ni va a pasar sus granitos de arena –me encanta esta metáfora sobre el tiempo del que disponemos– por el molino de los convencionalismos.

Mariana aún no ha salido del armario, pero sabe que la puerta está abierta. Hoy me ha escrito y por fin le ha dado una patada a su encierro. Se va a España, ha encontrado un trabajo en la Dante Alighiere de Madrid. ¡Brava!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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