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27 de noviembre de 2016

  • 27.11.16
Que estamos en la sociedad de la comunicación es tan obvio que creo que nadie lo pondría en duda. Otra cosa sería preguntarse qué tipo de comunicación es la predominante en estos tiempos en los que recibimos múltiples mensajes por diferentes medios. Como ejemplo de lo indicado, podría citar el caso de Donald Trump, que, como bien sabemos, sustituirá a principios del año próximo a Barack Obama como presidente de Estados Unidos, siendo el nuevo inquilino de la Casa Blanca.



Sobre Donald Trump se han escrito cientos de artículos que nos lo han presentado y analizado desde distintos puntos de vista. Y supongo que continuarán, puesto que, además de la incógnita de este personaje que se mueve de modo muy próximo a un neofascismo del nuevo milenio, nos tiene en vilo por las medidas que pueda tomar cuando acceda al cargo de presidente del país más poderoso del planeta.

En medio de las declaraciones que ha realizado, llama la atención la afinidad que presenta con Vladimir Putin, presidente de Rusia, la potencia rival del gigante americano en los ámbitos geoestratégicos y militares. Como ejemplo, ahí tenemos al pueblo sirio desangrándose puesto que estas potencias apoyan abiertamente a bandos contrarios.

Pero el punto en el que yo quiero centrarme, dado que no he leído o escuchado nada de ello, es en la megalomanía de ambos personajes que se muestra no solo en los modos de presentarse públicamente sino también por los gustos que ambos comparten, especialmente por la arquitectura, decorados, mobiliarios, etc., por los que sienten gran debilidad.

Son los gustos típicos de los nuevos ricos, es decir, de los que llegan a las altas esferas del poder económico o político y necesitan exhibirse en escenarios que manifiesten la supremacía que ostentan ante una población que suponen les admiran incondicionalmente ante sus dotes de “grandes líderes”.

Bien es cierto que Vladimir Putin no tiene que hacer grandes esfuerzos para mostrarse en un marco grandioso, pues ya lo recibió al ser elegido presidente. Me refiero a que la arquitectura rusa del siglo XIX siguió los criterios grandilocuentes del arte denominado rococó, que a fin de cuentas era la culminación y decadencia del barroco europeo, y que en Rusia heredó la emperatriz Catalina II la Grande, la misma que inició este tipo de arquitectura con los palacios de Moscú y San Petersburgo que promovió.



Quien visite Rusia tiene parada obligatoria en el Kremlin de Moscú, conjunto de cuatro palacios y cuatro catedrales en pleno centro de la ciudad, al lado de la Plaza Roja. Y es que la propia palabra Kremlin se ha convertido en sinónimo de gobierno de Rusia, al igual que la Casa Blanca lo es de Estados Unidos.

En el Gran Palacio del Kremlin es donde Vladimir Putin ejerce como representante ruso, y, aunque fue construido entre 1838 y 1850, en su interior se exhibe toda la grandilocuencia de las etapas precedentes, sea en los palacios tanto de Moscú como de San Petersburgo.



A pesar de que la arquitectura y el estilo rococó tuvieron vigencia entre las décadas de 1730 a 1760, siendo seguidos por el neoclasicismo en el que el referente de la belleza se buscaba en la Grecia y Roma clásicas, en Rusia se continuó con toda esa fatuidad que necesitaba el poder de los emperadores, lo que conllevó a que, todavía en el siglo XIX, se empleara en el palacio que hoy le sirve a Putin en sus funciones.

No hay más que asomarse a cualquiera de las estancias para comprobar el deseo de grandeza a partir de una decoración profusa de adornos con volutas y hojas de acanto, revestidas de pan de oro. El oro y las tonalidades doradas se muestran de modo omnipresentes en las estancias de Putin y Trump, como exhibición impúdica del poder que les gusta exhibir.



Por otro lado, habría que remitirse a los estudios del semiólogo o teórico de la comunicación francés Roland Barthes para comprender que la vestimenta, los gestos, los escenarios, los decorados, etc., son sistemas de comunicación no verbal que pueden ser estudiados para comprender la psicología de quienes utilizan estos medios, ya que a través de ellos es posible entender aspectos esenciales de su personalidad.

Apunto esto, puesto que tanto Putin como Trump comparten rituales y gustos parecidos, aunque los escenarios estén distanciados a miles de kilómetros y sus auditorios sean distintos. Así, por los medios gráficos y audiovisuales conocemos la forma habitual de presentarse el presidente ruso, de modo que un par de funcionarios, vestidos de gala, le abren dos enormes puertas doradas por las que marcialmente penetra. Gesto de autoridad, de poder, de dominio.



Lógicamente, la exhibición de grandeza no se reduce a los elementos arquitectónicos, sino que también el mobiliario sigue esa estética recargada y con el cromatismo dorado que se muestra de forma constante y abrumadora. De este modo, la imagen de Putin con la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner nos los presentan, de forma simétrica, sentados en butacas doradas y tonalidades de ese regio tono, puesto que también en los detalles es necesario plasmar esa ostentación de potestad que tanto gusta al presidente ruso.



Pero si la estética que exhibe Vladimir Putin es hasta cierto punto comprensible, puesto que él se presenta como heredero de la grandeza del Imperio ruso, lo cierto es que la grandilocuencia ramplona y horteril de Trump no deja de ser patética, puesto que es la de un magnate que ha hecho fortuna (todavía no sabemos bien cómo) que se exhibe impúdicamente, sin el menor recato y sin que el propio protagonista sepa qué significa la palabra buen gusto.

Así pues, ahí le tenemos con Melania, su tercera mujer, como una especie de ‘barbie’ de tamaño natural, junto a su hijo pequeño, al que le han dicho que se siente en ese león para exhibirlo también, como si ambos dos fueran trofeos que añadir a las mansiones y propiedades que tiene a lo largo de varios continentes.




Los medios de comunicación nos han presentado la Trump Tower de Nueva York en la que el magnate ha ubicado su cuartel general. Sin embargo, no nos han mostrado el interior de la misma, por lo que tenemos que acudir a las imágenes que se nos ofrecen por internet para comprobar su gusto, acorde con su pensamiento reaccionario, en el que el racismo, la xenofobia y el machismo se unen a su desprecio por los trabajadores que, según su ideario, pertenecen a categorías humanas inferiores a la suya.

Y para expresar su “grandeza” nada mejor que acudir a una burda imitación del estilo rococó que triunfó entre la nobleza parisina de mediados del siglo dieciocho. Recorrer las imágenes que nos muestran las diferentes plantas es sorprenderse del gusto nacido del cartón-piedra de Las Vegas, de los muñecos de Disneylandia y las revistas tipo Playboy. De ahí bebe la “estética” del nuevo presidente.



Si observáramos de manera aislada la fotografía anterior, seguramente pensaríamos que se trata de una de las salas dormitorios del Palacio de Versalles. Pero no: se encuentra en una de las plantas de la Trump Tower ubicada en Nueva York (dado que tiene otras torres en distintas ciudades estadounidenses).

Difícil imaginar mayor disparate en la planta de una torre que es un edificio reciente en forma de prisma vertical que se alza en la ciudad de los rascacielos. Pero, eso sí, como veremos a continuación, todo el acristalamiento exterior de la torre es dorado, pues es el color que tradicionalmente se muestra como símbolo de la autoridad y el poder regios.





El cuartel general del magnate, es decir, la Trump Tower, se eleva al cielo como un pretendido símbolo del triunfo de Donald Trump en el mundo de los negocios (y ahora en el de la política). Como refuerzo de su deseo de esplendor, comprobamos que, en la fotografía del atardecer, los cristales que rodean el edificio aparecen iluminados de color dorado, como si fuera una verdadera torre áurea. Rematándola, en la cima se exhibe el apellido de su propietario, como señal de su “grandeza”.

La misma exhibición se muestra a la entrada del edificio. No obstante, y a pesar de sus deseos de grandeza, al día siguiente de ser votado como nuevo presidente empezaron a concentrarse neoyorquinos en la entrada de la Trump Tower para protestar en contra de su elección. Inmediatamente fue rodeado de policías para proteger al “Nuevo Emperador de Occidente”, el mismo que se encumbraba con el lema “Make America Great Again”.

Para finalizar, y tras llevar a cabo un breve repaso por la estética que unen a Putin y a Trump, solo me quedan un par preguntas: ¿Cómo es posible que Donald Trump se presentara como el defensor de los trabajadores y crítico del establishment estadounidense cuando él mismo pertenece a ese reducido grupo del uno por ciento que acumula la riqueza del país? ¿Cómo es posible esa admiración incondicional que mostraban sectores desfavorecidos ante la fatua exhibición horteril de semejante personaje y le apoyaran pensando que les sacaría de sus estados de postración social?

AURELIANO SÁINZ


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