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1 de octubre de 2016

  • 1.10.16
Los libros vienen a mí como lanzados por una mano invisible que los deposita en lugares curiosos para que yo los encuentre. El domingo encontré en el puesto de un viejo librero, de esos que adornan las orillas del Sena, dos libros en español de Pearl S. Buck e interpreté que en ellos debía haber un mensaje para mí. No sé, es como una intuición que me dice "cómpralos y rebusca en sus páginas".



No había leído nada de esa americana gran conocedora de China, a la que su arte para contar historias y su capacidad para descifrar el fondo de las personas le valieron el Nobel. En este caso, justo premio. Sin querer ser altiva, algunos libros de nobeles son intragables.

Me ha fascinado Viento del Este, viento del Oeste. Una cosa es que a una mujer la programen para que acepte una cultura que la cosifica y otra distinta es que dentro de ella no viva un corazón sensible que desee que su hombre la quiera con exclusividad. Pero lo que se ha quedado en mi cabeza es una superstición que adivino que es universal.

Cuenta Buck que cuando nace un niño sano y guapo, toda la gente que lo admira le dice a la madre que es feo, y no lo hacen por envidia, que pudiera darse el caso, sino para impedir que los dioses cojan celos de la criatura y se lo lleven con él, dejándolo sin vida.

Es parecido a lo que a mí me pasa. Cuando vivo algún momento brillante, de esos que son escasos pero que me hacen sentir que estoy en sintonía con el cosmos, siempre surge detrás de mi oreja una voz que dice que algo malo va a pasar. He descubierto que no sé ser feliz; que no me han educado para ello.

Tengo dos problemas: uno es, que según Elsa Punset, nuestro cerebro no ha cambiado en miles de años y está preparado para la supervivencia, no para vivir. Y el otro, es esa maravillosa educación religiosa que he tenido y que identifica la vida terrenal con un valle de lágrimas en el que te tienes que negar a ti mismo y coger la cruz.

Poca luz había en ese Dios creado para asustar, que se pasa los días espiando mi comportamiento desde una nube, para mandarme un rayo cuando saque los pies del tiesto. Menos mal que ya vi que los rayos alcanzan más a la bondad que a la maldad.

Como siempre que tengo un problema, intento encontrar una solución. He hablado con Flor y voy a comenzar un curso para educar mi cerebro. Ella dice que será como amaestrar a un perrito: tendré que utilizar el cariño y la firmeza; sujetar la correa, pero sin estrangular el paso. Este camino nuevo que he comenzado tiene nombre: Mindfulness. Empezaré a recorrerlo, a ver dónde me lleva...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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