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29 de octubre de 2016

  • 29.10.16
Sigo con mi meditación y mi observación diarias. Como dice Pablo D' Ors en su libro Biografía del silencio, "no basta con lo primero, hay que estar presente todo el día". He descubierto a este escritor que me acompaña todas las noches y me habla de sus experiencias justo antes de cerrar los ojos y caer en un sueño que a veces no es reparador.



Abandonarme: esa es mi gran aspiración. Abandonarme a la vida, a la meditación, al descanso. Soltar el control y vivir. Al igual que para tener los abdominales marcados hay que ser muy constante, con esto de la mente pasa lo mismo.

Traigo una programación y ahora quiero que mi ordenador central utilice otro lenguaje. No es fácil, pero sí tengo la certeza interna de que este es el camino. Después de cada caída me levanto y me quedo con el aprendizaje que la misma me haya dado y con la alegría de ver que me vuelvo a levantar.

La otra noche tuve un sueño precioso, de abandono. Al principio solo había niebla y tiempo frío. Yo era una mujer de largos cabellos cobrizos y de unos cincuenta años que caminaba por un bosque lleno de árboles de troncos delgados y altos. Sentía crujir las hojas bajo mis botas de piel de algún animal, quizás un conejo. Mi ropa era cálida y yo no tenía miedo.

Aquel sitio era mi lugar en el mundo, me sentía bien, andaba buscando hierbas utilizando la luz que atravesaba las copas de los árboles y que era filtrada por la niebla. Sentía mi respiración, el aire jugaba a entrar y salir de mi cuerpo con total libertad. Me sentía protegida por la naturaleza.

Terminé de recoger las plantas que necesitaba y me dirigí hacia mi casa, una cabaña de piedra y techo de zinc, con una chimenea de la que salía un humo de hogar. Por una vereda apareció un hombre de blancos cabellos y ojos azules. Tendría más o menos mi edad. Por su ropa se veía que vivía de lo que daba el bosque: leña, agua, animales, bayas, frutos...

Su presencia no me asustó, ni me puso en alerta. Había algo en él que me hacía confiar: era una intuición muy potente. Presentí que era una persona buena, pura y clara. Mi corazón me dijo que era mi compañero, mi alma gemela, que me iba a permitir ser yo misma y que entre nosotros la posesión no iba a existir. Él me sonrió, marcándosele las arrugas de su rostro. Y empezamos a caminar juntos. Me abandoné a ese sentimiento, confié en una persona y me sentí libre. Pena que desperté...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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