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8 de octubre de 2016

  • 8.10.16
Mi profesora de Mindfulness es como una hadita rubia, de largos cabellos ondulados y unos ojos que reflejan su nivel energético: si brillan, su interior está en calma; y si son más opacos, algo se mueve por ahí dentro... Yo pensaba que iba a encontrar en este curso una pócima mágica, un hechizo que se llevase la cabra que hay dentro de mi cerebro y que rumia momentos oscuros pasados o hipotéticos futuros apocalípticos.



Aunque llevo años notando su presencia y he aceptado que ella se mueve por las montañas de mi cabeza como quiere, a mí lo que me gustaría es que desapareciera para siempre. Me encantaría que alguien se la llevase a Suiza a pastar en lindos prados; o a la Subbetica cordobesa. Donde sea y que allí ella viera los amplios horizontes y fuera feliz...

Malas noticias. La cabra no se va a ir. Forma parte de mí. El miedo forma parte de mí y es necesario. Eso sí, en su justa medida. No es lo mismo tomarse una copita de vino, que una caja de botellas. El problema es que llevo muchos años borracha de miedo, de frustración y de tristeza.

Otra mala noticia: no hay fórmulas mágicas, ni fáciles. Pero sí hay una frase salvadora: "Todo es como tiene que ser, aquí y ahora". Y un camino: Pararse, dedicar un tiempo a estar conmigo misma y no ir por la vida como decía mi abuela, "como pollo sin cabeza".

Cada semana tengo ejercicios que hacer. En esta tengo que comer una vez al día con atención plena –ese es el significado de Mindfulness en castellano–. Es decir, tengo que sentarme, ser consciente que voy a darle alimentos a mi cuerpo y poner mucha atención en saborearlos, mirarlos, olerlos... Debo utilizar mis sentidos para captar cada momento.

La profe nos ha dicho que estos ejercicios son como los del chico de Karate Kid. He buscado en Internet porque yo no vi la película. En la historia hay un oriental que hace de maestro y pone a su pupilo a lavar coches y a hacer otras actividades no atractivas. El chico se enfada porque cree que se está aprovechando de él y, entonces, tatatachán: el protagonista sabe kárate. Todos los ejercicios que ha hecho han sido un camino de aprendizaje indirecto. "Dar cera, pulir cera".

Así que yo voy a practicar. Es mi primera semana y he encerrado mis expectativas en el sótano... No sé cuánto tiempo estarán allí: el cerrojo de la fuerza de voluntad a veces falla. Oigo sus gritos: ¿Cuándo llega el tatatachán? No respondo. Solo respiro.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



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