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22 de octubre de 2016

  • 22.10.16
No hay avisos. A veces, el cuerpo, que es sabio, no puede más y te enfrenta a ti misma. Yo creía que con mi meditación y mi curso había creado una barrera protectora contra todo. Pero no funciona así: el cambio de la mente requiere pararse mucho y observarse más. Este mes ha sido de locos, todo el día corriendo de una parte a otra de París para recoger a los niños de sus mil y una actividades extraescolares: piano, ballet, esgrima, alemán... Los pobres están exhaustos y yo también.



Soy una perfeccionista, fruto de una educación exigente, que no permitía fallos y de un padre que solo me prestaba atención si mis notas eran las mejores. Esta imagen de mí misma se ha convertido en una estatua de roca que me sirve de espejo todas las mañanas.

"Hay que hacerlo todo, sin que se te olvide nada y debes hacerlo sin ningún tipo de fallos". Esa es la frase que espolea al caballo de mi estrés. El día se divide en cuadritos rellenos de tareas que debo cumplir sin escucharme, sin pararme a comer tranquila, sin sentarme en ningún momento.

Mi jefa está de vacaciones con sus amigas, en pleno curso escolar, y yo hago de madre –bueno, para ser sincera, creo que yo soy la única que representa ese papel en esta casa–y de niñera. Me he convertido, sin darme cuenta, en una drogadicta.

Mi cuerpo empezó a fabricar cortisol –la hormona del estrés– para que yo pudiera cumplir mis objetivos y ahora me he enganchado a ella. No puedo parar. Soy como un tren que va a 500 por hora; o, mejor dicho, tengo la sensación de ir dentro de ese tren, sin que pueda bajar de él y sin poder ver el paisaje.

Los árboles son solo líneas verdes. Hay momentos en que quiero bajar, quiero tirar de esa palanca que pone "Utilizar en caso de emergencia". Todos los días me digo: "utiliza la palanca, hazlo ya...". Pero siempre me entra el mono del cortisol y tiro para adelante subida en un tren suicida que va a descarrilar. Y he descarrilado.

El otro día, en medio del frenesí, empecé a temblar, mi cuerpo se transformó en una campana hueca en la que resonaba un corazón encogido y y disparatado, intentaba controlar mis miembros, pero no me hacían caso, mi mente se empezó a nublar y perdí el sentido de la realidad –es verdad que hace tiempo que no lo tenía–.

La gente que me vio llamó a una ambulancia y desperté en una habitación de hospital, en medio de un sueño narcótico. Apareció una enfermera y le pregunté si había tenido un infarto. Y ella, con voz suave, me respondió que lo que había sufrido era una crisis de ansiedad.

Ansiedad. Mi cuerpo se ha visto desbordado y ha tirado todo lo que ha podido, pero ha llegado un momento en que el tren se ha salido de los raíles y ha chocado contra un árbol. La herida no es grave, pero puede serlo. Ahora tengo miedo de que se repita el cuadro. Ahora estoy en pleno proceso de observación de mí misma: he bajado del tren y voy andando. Pero tengo que tener mucho cuidado, el silbido de la locomotora me llama a cada instante...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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