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28 de octubre de 2016

  • 28.10.16
Comienzo como en un cuento. Nos imaginamos en el cielo, con Nuestro Señor acompañado del arcángel San Rafael. Dios le dice: "Acércate Rafael, contempla ahí abajo. Observa: en aquella casa hay un matrimonio que está discutiendo. Él amenaza a ella e intenta pegarle. Y, fíjate, acaba pegándole. Rafael, esto no lo podemos permitir. Cuando yo creé a la mujer pensé que debía ser muy especial: la hice con espaldas suficientemente fuertes para soportar el peso del mundo pero, a la vez, firmes y confortables.



Le concedí el poder de dar vida y aceptar el rechazo de sus hijos. Le di el poder que le permite seguir luchando cuando todos abandonan, y el de cuidar de su familia a pesar del cansancio o de la enfermedad; le di sensibilidad para amar a sus hijos con un amor incondicional, aunque estos le hayan herido duramente. Y, finalmente, le di lágrimas para que llorara cuando ella sintiera necesidad.

En cambio, lo que no le dije al hombre es que no le gritara, que tampoco la oprimiera y, menos, que le pegara. A esto, Rafael, le tenemos que dar una solución, porque creo que debe haber muchas mujeres que sufren.

—Señor, contemplad aquella otra casa. El hombre le grita a su esposa. Ella está atemorizada en un rincón porque ve venir que le va a pegar. Señor, le está pegando incluso patadas en el vientre.

—¿Sabes qué vas hacer, Rafael? Vas a bajar a poner al menos un poco de solución.

Rafael baja a La Tierra y llama a la puerta de la última casa que vio desde el Cielo. Tardan en abrirle y se oyen unas voces.

—¡Inútil! ¿No estás oyendo que llaman a la puerta? ¡Ve y abre, que no sirves para nada!

La mujer, llorando, va y abre la puerta. Rafael, al verle, le pregunta:

—¿Qué le ocurre señora? ¿Por qué llora?

Ella llora más aun y no le da explicación. El marido, al ver que tardaba, decide salir a la puerta y le dice gritando:

—¡Mira que llegas a ser inútil! ¡No sirves ni para abrir la puerta!

De un empujón, la saca de la puerta.

—¿Si yo fuese una persona gigante y más fuerte que usted, me gritaría? –le pregunta Rafael.

—¡Vamos, hombre! ¡No me diga tonterías: si es un renacuajo!

De golpe, Rafael se convierte en un hombre fuerte, atlético y de metro noventa. El hombre se queda estático y sin reaccionar. No creía la transformación de Rafael. Éste se le acerca y le dice:

—¿Puedo pasar, señor?

—Pase, no se quede en la puerta –le contesta el hombre, asustado.

Rafael toma asiento y le dice:

—¿Le seguirá gritando y pegando a su esposa? Ella es débil y usted abusa de su debilidad. Yo ahora lo cogería a usted y lo destrozaría.

—¡No, por Dios! ¡No lo haga!

—Pues sepa que le voy a estar vigilando. No le vuelva a pegar a su esposa o volveré y no será en son de paz. Será para destrozarle la cara. Vamos, lo mismo que hace usted con su esposa...

El hombre, ante esta situación, tenía tanto miedo que se orinó en los pantalones.

—Bien, yo ahora me marcho pero prométame que no le va a volver a pegar nunca más a su esposa.

—Señor, se lo juro...

—No jure.

—Bueno, pues se lo prometo.

—Bien, pues respétela y quiérala.

—De acuerdo señor, así lo haré.

Y, en un instante, Rafael desapareció de la casa.

Esto, por desgracia para las mujeres, no suele ocurrir en la vida real, que es más cruel por culpa de estos individuos maltratadores de los que, por desgracia, hay demasiados. Individuos que no llegan ni a ser personas, que no tiene piedad hacia sus esposas o compañeras.

Cuando la mujer ha sido nuestra madre, además de ser la madre de nuestros hijos, es el mejor ser que ha creado Dios, con sus defectos, sus virtudes y con su bondad, que la tiene y mucha. Pero, por desgracia, esto no tiene arreglo y el arcángel San Rafael no baja a poner paz, pese a que a más de uno de estos energúmenos no le iría mal un buen escarmiento. Mujeres, no os quedéis quietas: denunciad a estos maltratadores. Esperemos que este mal se arregle algún día y que las mujeres no sufran como pasa ahora.

JUAN NAVARRO COMINO


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