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26 de octubre de 2016

  • 26.10.16
De todas las actividades intelectuales que en Andalucía –especialmente– no tienen –si se quiere, lista de paro– está la dedicación de ir por una vía paralela y convergente, supuesto que al clero vaticano trinitario le dio la borrachera inmoral de quemar todo libro o documento que abarcara aquel proceso histórico que contuviera alguna relación desde que los moros de Marruecos aparentemente cruzaron el Estrecho de Gibraltar y subieron hacia el norte a comer salmorejo o gazpacho a la sombra fresca de las alamedas de los entonces abundantes ríos del sur de España.



Como consecuencia de la burrada, única en su especie, de pegarle fuego a todo documento que cayó en sus manos, y cayeron muchos, la iglesia cristiana, vaticana, trinitaria y politeísta, en el dicho de ellos para diferenciarse de arrianos o de islámicos, ahora, los que queremos meternos en harinas históricas de la época que comprende desde el siglo VIII hasta casi nuestra actualidad, vamos de “novela en novela”, leyendo opiniones particulares al respecto, que pueden ser muy doctas y estar muy documentadas, pero donde se ponga una acta notarial o un testimonio de primera mano, que se quiten todas las florituras históricas a toro pasado de cómo piensa uno que tuvo que acontecer tal avatar.

Si uno lee, por ejemplo, que para tomar la formidable, bien fortificada y defendida ciudad de Córdoba, a los moros les bastó con cruzar el río Guadalquivir de noche, un río, que según sus propias crónicas, no se podía nadar de orilla a orilla –y una noche, por cierto, de mucha lluvia y mucho frío, con abundancia de gruesas bolas de granizo–.

Y, después, subirse, moro a moro, a una higuera cuyas hojas no dejaban ver un boquete que había en el muro que daba para el río, que nadie sabía de su existencia si no fue un pastor (los pastores, como antaño fue un oficio de máxima categoría social, más que ahora ser abogado del estado, siempre han sido los grandes protagonistas de milagros y apariciones) que seguramente el mal hombre, el traidor pasado al enemigo, sabía de su existencia porque iría por allí a bañarse al río cada día, o a que bebieran sus ovejas, la cosa tendría su gracia para que se exhibiera con su narración un juglar en una plaza.

Y, seguramente, ya con tal narración si el juglar era de nacionalidad imperial de los Estados Unidos de Norte América, seguro que le daban el prestigioso premio Nobel, que acabó de ser prestigioso desde que lo envileció el dólar.

Estamos conforme que los tiempos han cambiado mucho, que las higueras de entonces y las de ahora son diferentes, que es probable que aquellas higueras estuvieran más limpias de piojillo que las actuales porque las pobrecicas están de microbios hasta las trancas de sus ramas (especialmente en ellas, en las trancas).

Pero, lo que sí es una realidad es que la impúdicas higueras, como son árboles de hoja caduca, de hermosos pámpanos que cuando están verdes parece mentira que se puedan secar y llegar a la sequedad que alcanzan, incluso para suplir al tabaco en la épocas de abundancia de patria, pero escasez de país, se desnudan en los inviernos, y, con frío, pocas son las higueras que tengan hojas en tanta cantidad, para que los valientes moros, que por regla general le huyen al agua más que los gatos, volvieran a pasar el río Guadalquivir ¡nada menos en aquella época!

Y volver a por el pastor, darle unos meques y llevarlo en persona a que les dijera de una vez dónde estaba el escondido boquete en la muralla que le permitió a los moros entrar en Córdoba, y desde dentro, sin que sonara la alarma, abrir las puertas de la ciudad la llamada Puerta de la Estatua.

La cosa, al parecer, no fue nada fácil y se complicó porque como los moros suelen ser bajicos, desde la higuera no alcanzaban al boquete del muro, una vez, claro está, que el pastor cruzó a nado el río (el frío, lo de menos; el granizo, , una pelufa de caña, porque llevaban unas ropas que se secaban enseguida, y la crónica nada dice al respecto de resfriados por aquella acción militar de tanta envergadura).

El caso es, que como las ramas de la higuera no permitían hacer un castillete humano, y eso que todos estaban limpios como chorros de oro después de haber pasado dos veces el río Guadalquivir a nado, el jefe de todos ellos, Moguits-ar-Romi, en un gesto único que había que publicitarlo para que se supiera la resistencia de los tejidos de los turbantes, desarrollando su propio turbante, hizo una escala con su tejido y uno a uno todos los moros, desde la higuera alcanzaron su objetivo y tomaron la ciudad, supuesto que todos los cordobeses que había dentro defendiéndola entendieron que era más efectivo meterse en una iglesia, por supuesto vaticana y trinitaria, y rezarle a una virgen milagrera para que sacara de la lista del paro al apóstol matamoros Santiago e impidiera la toma de la poderosa ciudad de Córdoba por un poderoso ejército de unas cien personas moras, probablemente estornudando.

Esto –cosas así, o parecidas– son las que hay que leer fruto de las Crónicas Latinas (un compendio a la ingenuidad) del periodo histórico quemado por el clero vaticano. O leerlo en las Crónicas Andaluzas (vírgenes ayudando, espada en mano, en la guerra) del siglo X; o las Crónicas Bereberes del siglo XI (Intervención, también, de la divinidad). Y todo, gracias a los que presumen de ser los que “tiran” del carro de la “civilización”.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS


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