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19 de octubre de 2016

  • 19.10.16
Lo que comenzó con los años a llamarse la América Colonial fueron sus tierras adornadas con toda la fábula de la fantasía española pese a la férrea y peligrosa censura de las escasas publicaciones y el analfabetismo de entonces. Pero los mentideros de las villas y demás lugares donde se podía reunir gente para otros menesteres como eran las recolecciones de cereales y frutos, las fábulas favorables a una vida nueva por las nuevas tierras, diferentes, llevó a más de uno a tirar la hoz o la horca, y decirle adiós al lugarejo donde vivía y tratar de encontrar un pedazo para su persona de aquellas cosas fabulosas que, según la gente, acontecían por las Américas, por Las Indias.



Al objeto de que Castilla, España, no se quedara despoblada de brazos para, en principio, enviarlos armados a defender el credo trinitario vaticano por los inhóspitos territorios europeos y, en un segundo lugar, para realizar aquellos trabajos del campo que en muchas ocasiones se centró y estuvo basado en fuerza muscular de gentes muy viejas, muy gastadas, porque los músculos buenos se fueron para las guerras religiosas, el paso, por tanto, de gentes a las Indias, a las Américas, se intentó, por parte del mando que tan solo se realizara en función de controles y cupos que se disponían unilateralmente; es decir, a capricho y necesidad que sentía o experimentaba la metrópolis, en este caso España.

Y España, ahogada en la propia taza de su caldo, fruto de un complejo entramado político-religioso, dejó su casa sin barrer y llena de graves y letales problemas, y cogiendo hartura de caldos de sopas ajenas, cruzó la mar en pos de no dejar en paz a unos territorios que ni necesitaban de la presencia de los españoles ni, en general, de ningún hombre blanco barbudo ni, por la mala cabeza española, resultaron en modo alguno fabulosos para nada ni para nadie que no fuera para favorecer, el siempre viento en popa, negocio de la esclavitud.

Pero hoy queríamos hablar de las mujeres que se marcharon a Las Indias en virtud de casamientos por poderes, o acompañando a sus maridos, o bien, como mozas casaderas, haciendo de damas de compañía para otras mujeres ya casadas, que sabían, solteras y casadas, que por culpa de las guerras religiosas en España, a lo largo y ancho de sus reinos, el quedarse soltera una moza era algo muy difícil, otra cosa diferente era tener boda, casamiento con hombre adornado de posibles económicos, que eso era algo difícil, por no decir casi imposible. Pero, la vida de la mujer por aquel entonces, no era precisamente una vida de dedicarle mucho tiempo a elegir el color que más favorecía las uñas de las manos o de los pies.

Y mientras en España la vida era más que dura y extrema tanto para hombres como para mujeres, las Américas, Las Indias, donde la mujer española podía elegir hombre varón con posibles económicos fabulosos, según se desgalillaban muchos por los mentideros municipales de comentar, se puso de boga por noticias que llegaban como la que vamos a hacer referencia que aconteció en una tierra caliente, allá por Chiapas, en la Península sureña de Méjico, del Yucatán, un nombre sonoro que todavía produce encanto escuchar cuando es pronunciada.

Con harto disgusto para los españoles establecidos en la zona y en ciudades nacientes como San Cristóbal de Las Casas, se había puesto de moda, más obligatoria que otra cosa, el enterrar a los muertos vestidos con hábitos para las mortajas, de fraile si era hombre, y de monja si se era mujer. Y, claro, como tales hábitos de mortaja eran monopolio del clero, tenían un precio que para comprarlos dejaban temblando cualquier economía domestica, la gente que estaba tratando de “hacer las Indias” como, en realidad, malamente podían, con aquellos costos, con los abusos por parte de los religiosos, no estaba la gente de muy buen humor precisamente.

Si a este hecho le sumamos que algo que era en extremo placentero en la zona como era el comer chocolate: el disfrute del chocolate que tenía un carácter como de sensualidad en el comportamiento femenino, las cosas se pusieron tensas especialmente cuando el señor obispo (da igual como se llamara) se opuso amenazando con la excomunión, a que no solo durante la misa las mujeres chiapanecas bebieran o comieran chocolate, sino que llegó a considerar como pecaminoso por lascivo su uso, según una hermosa costumbre de la zona de degustar uno de los mejores, por no decir el mejor, chocolate del mundo.

Como el obispo siguió en sus treces y las mujeres de Chiapas no eran precisamente de aquellas mujeres ñoñas, entraron en rebelión por delante de los güevones de sus maridos y hombres, y pusieron en su sitio social de comer chocolate cuando les viniera en gana, que solía acontecer varias veces en el día. Y, el señor obispo, como entendió que tenía que apretar fuerte en el asunto porque si no se le complicaría también el negocio de las mortajas, no cejó un palmo en sus pretensiones.

Y, al final, a consecuencia de todo ello, en pocas horas estaba sentado a la derecha de su jefe en el cielo, donde dicen que se sientan los obispos, y las chiapanecas y chiapanecos comiendo y bebiendo un chocolate que conserva harta fama de bueno y sus gentes de estar dotadas de una gran dignidad.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS


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