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10 de octubre de 2016

  • 10.10.16
El Partido Socialista de España (PSOE) ha sufrido su particular estación de penitencia; una semana de pasión que lo ha llevado al límite de la fractura o, cuando menos, al enfrentamiento abierto entre las dos almas que conviven en tensión dentro de la organización política: la radical y la moderada; o, si se quiere, la más izquierdista y la centrista, que aglutinan a rupturistas y reformistas dentro de sus siglas.



Esas dos sensibilidades siempre han estado ahí, en el seno del pensamiento socialista, desde la segregación de la socialdemocracia del ideario comunista-marxista de mediados del siglo pasado. Y con ese don de la inoportunidad tan nefasto, esta historia cainita del PSOE siempre se ha materializado en momentos en los que, a ojos de cualquier testigo, hubiera sido conveniente, para el buen fin del proyecto político que representa el partido, hacer demostración de unidad y liderazgo, no de desunión y divergencias de criterio.

Quedan como hitos de esa historia bipolar socialista las diferencias entre Indalecio Prieto y Largo Caballero en tiempos de la República, en 1935, o la de Rodolfo Llopis y Felipe González, en el Congreso de Suresnes de 1974, por citar los más sonados. No son nuevas, por tanto, las diatribas en la familia socialista para determinar el rumbo de la organización y hasta el matiz ideológico en cada circunstancia histórica o crucial.

Que nuevamente vuelvan a tirarse los trastos a la cabeza entre críticos y leales al aparato, esta vez por pactar con quien sea para echar a la derecha del poder o permitirle gobernar por ser la minoría mayoritaria del Congreso, aunque no consiga reunir los apoyos suficientes para ello, no es ninguna novedad.

En esta ocasión, no se trata solo de ansias de poder o del interés personal de quien aspira a ser presidente del Gobierno a cualquier precio. Es la definición de la estrategia política, en función de la “sensibilidad” dominante en este momento, lo que ha empujado a los críticos a la rebelión y, de momento, al control de la situación a través de una gestora, obligando a dimitir al actual secretario general, Pedro Sánchez, y a desactivar todas sus iniciativas, tendentes a constituir una alternativa transversal de izquierdas, pausible mediante un pacto con Podemos y otras formaciones nacionalistas, que sustituya a Rajoy de la Presidencia del Gobierno.

Para ese sector crítico del partido, las cuentas no cuadraban y las facturas por el apoyo de las formaciones independentistas a una posible pero improbable investidura resultaban inasumibles, por demasiado caras: permitir un referéndum segregacionista en Cataluña. Y se rebelaron, como es norma en el PSOE, con desgarros y dando el espectáculo.

En cualquier caso, el problema que en la actualidad presentan las opciones políticas socialdemócratas es mucho más grave y profundo de lo que aparenta esta lucha en el socialismo español. Porque no se trata solo de una discusión por cuestiones coyunturales, sino de un enfrentamiento que proviene de divergencias estructurales sobre lo que representa hoy día el pensamiento socialista en nuestra sociedad y en un mundo dominado por la globalización y la economía de mercado.

Se trata de un reposicionamiento de la oferta socialista y de articular un mensaje que ya no convence a las masas que antaño votaban al PSOE y que, desde hace un lustro, se decantan por otras opciones nuevas, en principio, más atractivas y frescas.

Se trata de frenar esa caída en el apoyo social de una opción política que se muestra incapaz de ofrecer una alternativa sólida, no solo frente a los populismos radicales de derechas e izquierdas, sino ante el neoliberalismo reinante que ha sabido imponer su lógica y sus condiciones en todos los órdenes de la vida, hasta el punto de obligar a que el mayor y más incuestionable fruto de la socialdemocracia, el Estado del bienestar, sea revisado y valorado según su “sostenibilidad” y rentabilidad, en vez de por su necesidad ante las injusticias y las desigualdades sociales.

Aquellos logros de la postguerra están consolidados y ya no sirven para atraer y seducir a los ciudadanos como reclamo electoral. Incluso la derecha económica y social los ha aceptado como imprescindibles (aunque sin reconocer que sean frutos históricos de la socialdemocracia, como la educación pública, la sanidad universal, las pensiones y hasta el novísimo derecho a la dependencia), pero intenta adecuarlos a los parámetros del neoliberalismo, que persigue sean “sostenibles” por sí mismos (mediante copagos y repagos por parte de los ciudadanos, aparte de con impuestos) o trasladando su provisión a la iniciativa privada, cuyo objetivo, como es sabido, es la rentabilidad, ganar dinero, no prestar un servicio público.

Tan potente y eficaz ha sido este lavado de cerebro neoliberal que casi todo el mundo asume la necesidad de aplicar una “austeridad” que “pode” el Estado de Bienestar para hacerlo “sostenible”, aunque ello suponga más desigualdad entre los ciudadanos que no pueden costearse prestaciones y servicios.

Poco a poco, pero de manera irreversible, nos han ido transmutado de usuarios a meros clientes, convencidos de que el Estado no puede satisfacer, porque no le corresponde, las necesidades básicas de la población de manera equitativa como solía. Una bandera de la socialdemocracia que ya no arrastra a nadie.

Pero otros han tomado esa bandera y la enarbolan con mucha más energía, yendo en contra de toda austeridad y toda política económica que perjudique a los más necesitados, apelando incluso a la demagogia (como la subida drástica del salario mínimo interprofesional o la implantación inmediata de una renta básica universal), sin importarles cambiar el modelo económico y el sistema capitalista, cosa que la socialdemocracia nunca pretendió.

Estas nuevas ofertas políticas han conseguido atraerse a buena parte del voto de izquierdas del socialismo español y persiguen sustituirlo por completo, por caduco. Y otras de derechas, sin manchas ni servidumbres que ocultar, operan de igual modo ofertando la regeneración y la limpieza de las viejas opciones corroídas por la corrupción política y económica, sin que hasta la fecha hayan podido arrebatarle al partido conservador que gobierna España un número significativo de votos, aunque sí suficiente para alejarlo de la mayoría absoluta. Y, de paso, han mordido una parte del electorado centrista que votaba socialista y estaba harto de escándalos de corrupción y de reformas que no llegaban más allá de lo posible y tolerable por el sistema económico y político.

Por todo ello, el PSOE tantea tácticas y discursos con los que recuperar aquellas mayorías que lo aupaban al poder y le permitían gobernar. Son tácticas baldías, ya que el socialismo español no halla la fórmula para evitar la sangría de descontentos e indignados que le hizo perder millones de votos en las elecciones de 2011, que lo ha seguido desangrando en las de 2015 y en estas últimas de 2016, de las que se culpa a Pedro Sánchez, y que ahondan una escisión que viene de antiguo y precipita al PSOE a la irrelevancia, de continuar esa tendencia electoral y la indefinición ideológica.

Lo que le está sucediendo al PSOE es la misma descomposición que ya afectara al laborismo británico tras el cuestionable mandato de Tony Blair, al socialismo francés con Hollande, al SPD alemán, al homónimo de Portugal y, de manera mucho más dramática, al PASOK griego, todos ellos miembros de una corriente ideológica que ha gobernado en la mayoría de los países de Europa y ha llegado ser el segundo grupo, por número de diputados, del Parlamento Europeo.

Una descomposición que se ha acelerado, expulsándolos de los gobiernos y alejándolos de los ciudadanos, con la emergencia de la crisis financiera que todavía hoy impide el normal desarrollo y crecimiento económico del Viejo Continente.

Basta recordar, para ejemplificarlo, las medidas impulsadas por el último presidente socialista de España, Rodríguez Zapatero, de recortes presupuestarios y congelaciones salariales, que posteriormente fueron endurecidas por el Gobierno de Mariano Rajoy, cuando lo sustituyó en los albores de la crisis, sin que los ciudadanos perdonen a aquel ni castiguen a éste.

Si a ello añadimos la aparición de nuevos frentes y preocupaciones, como los que representan el flujo emigratorio masivo que despierta en muchos países, también en el nuestro, el racismo y la xenofobia; una juventud con o sin estudios pero sin expectativas de empleo y condenada a vivir peor que sus padres; la parálisis y la precariedad que caracterizan a la actividad comercial y el mundo laboral; y un fenómeno de corrupción galopante, casi sistémico, que afecta tanto a partidos como a instituciones, no puede resultar extraño que las políticas que, en general, pretendían transformar la realidad se hayan quedado anquilosadas por no saber resolver estos problemas y la socialdemocracia, en particular, haya emprendido una senda de declive en todo el continente que el PSOE está acusando en sus propias carnes.

Muchos problemas, viejos y nuevos, que no hallan respuesta por parte de una izquierda que, no solamente es incapaz de entusiasmar a la gente, sino que deja que la derecha neoliberal vaya desmantelando progresivamente el Estado del Bienestar con la excusa de su “sostenibilidad” y consienta el imparable crecimiento de las desigualdades y las injusticias impuestas por el mercado y su sacrosanto objetivo de enriquecimiento de unos pocos.

El declive del PSOE viene de antiguo y es común a una ideología que se ha dejado ganar por los que no quieren pagar impuestos, están en contra de una fiscalidad progresiva que redistribuya la riqueza nacional y pretenden que los ciudadanos costeen de su bolsillo las necesidades básicas de educación, sanidad y pensiones, aunque vengan condenados desde el nacimiento a padecer carencia de oportunidades para poder afrontarlas.

El declive del socialismo español no es cuestión de personas, sino de ideas, de esa falta de ideas y proyectos del que adolece un pensamiento que, desgraciadamente, ha renunciado a transformar la realidad y se ha dejado domesticar por el mercado. Y puesto que el mercado es dominante, la gente deja gobernar a los mercaderes con tal de que repartan algunas migajas a los pobres, que somos el resto.

DANIEL GUERRERO


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