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23 de septiembre de 2016

  • 23.9.16
El camaleón es un animal curioso donde los haya por su capacidad para camuflarse. Ese minúsculo lagarto me da pie para la columna de hoy. Los saurios, pequeños o grandes, nunca me han atraído, empezando por la bicha y terminando por la salamanquesa, a la que llaman "dragón" en algunos lugares.



En el mundo animal hay unas 160 especies de camaleones, conocidos por su capacidad adaptativa al medio. El mimetismo de este reptil es vital para subsistir en un entorno de por sí adverso. Dicha habilidad se manifiesta en los cambios de color que experimenta su cuerpo para pasar desapercibido.

Otro dato clave reside en disponer de una visión que abarca los 360 grados, a lo que se añade el importante detalle de mover los ojos con independencia uno del otro, característica que le permite mirar a diferentes lugares a la vez. Es la llamada "visión estereoscópica".

Por cierto, este animalito abundaba en la Península. En Andalucía se le veía desde la Costa del Sol hasta la de Huelva, también en Almería, Granada, algo menos en Córdoba y en la Axarquía malagueña.

Parece ya demostrado que la amplia gama de colores que ofrecen –diferente color en distinta situación– es el medio de comunicación que poseen. ¿Para qué les vale todo esto? Para relacionarse entre ellos, sobrevivir, alimentarse y confundir a los posibles depredadores que son muchos.

Hay que tener presente que es un animal muy lento y pequeño, lo que le convierte en presa fácil de aves rapaces y roedores, amén de los humanos. El vídeo adjunto ofrece una información muy sugerente sobre este animalito.



Me gusta observar lo que ocurre alrededor mío. ¿Posible deformación profesional? Supongo. Dicha actitud de alerta permite apreciar detalles, positivos y negativos, de lo que acontece en un círculo relativamente próximo. Los datos que ofrece el libro de la vida enriquecen si sabemos leerlos. Un poco de “psicología parda” no viene mal.

El camaleonismo se da con frecuencia entre los humanos. No solemos prestarle mayor atención por lo que pasa desapercibido. Este ejemplar humano tampoco es peligroso. Su meta es sobrevivir adaptándose, lo mejor posible, al entorno social o laboral en el que se mueve. El camaleonismo se imbrica con la pertenencia al grupo y con la autoestima.

¿Somos los humanos camaleones? Sin lugar a dudas y en muchos momentos de nuestra actuación imitamos a dicho animalito. Sí es algo puntual no tiene mayor importancia ni trascendencia. Pero en algunos sujetos –más de los que podemos creer– afecta seriamente a su actuación y a su personalidad, pudiendo tener graves consecuencias.

En el primer caso se da una mimetización con el entorno para ser aceptado. Es una actitud propia de la adolescencia aliñada con problemas de autoestima, inferioridad e inseguridad que suele desaparecer prácticamente cuando el sujeto supera dicha etapa.

Ejemplos de esta época (rebaño) tenemos a porrillo. Ropa de moda; pantalones rotos o con remiendos submarinos; una hirsuta barba; un determinado tipo de peinado; pelo blanco, amarillo… del futbolero de turno; grafitis (tatuajes) por todo el cuerpo… La lista es muy amplia en este figurín pisaverde de camaleón.

¿Modas pasajeras? ¿Ídolos deportivos que travisten la propia personalidad? La ropa con rotos intencionados o con remiendos submarinos no acabo de tragarla. Los que somos algo mayores recordamos con cierta amargura épocas pasadas con remiendos y zurcidos en la ropa heredada y zapatos con ventilación en las suelas. ¡Quejas de viejos!

No es fácil estar al loro. La pobreza deja secuelas… Parafraseando la canción de Serrat: las medias suelas las llevaríamos después en el alma. Eso sí, nos inculcaban que había que ir “escamondaos” (limpios) y bien “peinaos”.

Este camaleón quiere pertenecer a un grupo concreto y se disfraza con las mismas características del colectivo al que ambiciona pertenecer para lo que, poco a poco, irá difuminando rasgos propios hasta parecer uno más del grupo, de forma tan coherente, eficaz y cohesionada que nadie pensaría que alguna vez llegó a tener una imagen y un comportamiento distinto. El mimetismo social está conseguido.

El problema viene cuando, superada la adolescencia, dichas imitaciones perduran y permanecen adheridas al sujeto porque en principio no ha madurado o, si quieren, ha madurado a medias dado que se niega a crecer. Complejo de Peter Pan a la vista.

Vamos con el modelo de camaleón que no ha quemado etapas y quedó atrapado en otros momentos del pasado. Se mimetiza en cualquier situación con desenfadada actitud de agradar, para ser aceptado por personas concretas en circunstancias también concretas. Si cantas, canto; si lees, leo; si… Vayas por donde vayas, te sigo.

Los camaleones de este grupo son habilidosos en cambiar de cara –alegres, simpáticos, serios, circunspectos, hoscos– según con quién estén. Su lengua suele ser rápida y ágil con la palabra, buscando siempre ese término lisonjero, obsequioso, siempre ribeteada por una sonrisa de blancos dientes.

Doy algunos detalles de identificación de este modelo. El sujeto puede copiar la forma de hablar e incluso cambiar la manera de pensar, lo cual sería serio porque terminaría en patología. Tiene facilidad para imitar tonos de voz, muletillas y estribillos de con quién está, acopla el sonsonete de voz al entorno, asimila tacos, expresiones concretas para mejor conseguir igualarse.

Aunque no tenga visión estereoscópica, sus ojos bailan al compás de su blanca dentadura que despliega para que el otro o la otra queden prendados y enredados en la red de sus hechizo. ¡Misión cumplida! si realmente consiguió agradar o embelesar.

El camaleón animal carece de oído externo. Curiosamente los humanos, teniendo buen oído, no suelen escuchar porque van a la suya y, cuando hablan, escupen palabras. Si les callas suelen tener dos posturas. Si el aviso de silencio procede de la persona a la que quieren agradar, callan y sonríen zalameramente sumisos. Si están contando a terceros sus virtudes y milagros, sus éxitos, no habrá manera de callarles y ni lo intentes porque se ofenderán. No aprenden de errores o fracasos por lo que hocican en la misma piedra.

En líneas generales la persona que cambia de parecer para acoplarse a las circunstancias que le marcan otros sería lo que entendemos por sujetos camaleónicos. Suelen aguantar carros y carretas para ser acogidos. El peligro radica en que explotan fuera de sitio y con las personas equivocadas que, con frecuencia, suelen ser familiares cercanos, sobre todo la madre, por aquello de que es más receptiva y comprensiva.

Mantienen doble cara en doble circunstancias. ¿Veleta? Yo diría que no, dado que la persona que trata de acoplarse a los intereses, iniciativas o deseos de otra sólo busca ganarse su confianza para poder sobrevivir. La veleta cambia según sopla el viento y en determinados momentos puede moverse más de lo debido como consecuencia de dicho impulso ventolero. La persona camaleón busca acoplarse, que confíen en ella, que sea admitida y querida, por tanto actúa con una finalidad, dato éste que no define al veleta.

Todos tenemos algo de camaleones en la medida en que intentamos acoplarnos a los que nos rodean. Las razones pueden ser múltiples y, desde luego, no siempre esta aptitud es negativa. Si el cambio es continuado y va en detrimento de la propia personalidad, puede tener –y de hecho tiene– efectos no deseados.

Recordemos que no tenemos por qué caer bien a todo el mundo. Poner la otra mejilla, al estilo cristiano, además de peligroso es doloroso porque hace daño. Pensar que “to er mundo es güeno” es una trampa que encierra toda una mentira que no se la cree ni quien lo piensa ni de quien lo pensamos. Ser uno mismo con defectos y virtudes es vital.

PEPE CANTILLO


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