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24 de septiembre de 2016

  • 24.9.16
He inventado una nueva palabra para esta zozobra que me impide parar y que llena mi día a día con actividades como si mi vida fuera un Tetris y no pudiera quedar ningún hueco, ningún minuto vacío. Sé que lo hago para huir, para no pensar: es mi forma de no afrontar el duelo. Hoy me he dado cuenta de ello. Estoy cansada. Si me siento a descansar, mi mente empieza a contar las horas que quedan para irme a dormir. Cinco horas, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo las voy a llenar?



Hasta mi gran amiga la lectura no es suficiente; se me antoja estática, inmóvil, me invita a pensar, a pararme, a estar en el presente, con una voz interna que me dice que cada vez tengo menos gente que me quiere. Mi lucha contra esa zona de mi cerebro donde se guardan miles de frases hechas para hacerme daño es y ha sido titánica. He leído una cita, que no sé de quién es, que me ha dado un arma poderosa: "Lo que se resiste, persiste y lo que se acepta, evoluciona".

Ayer, mientras paseaba por los jardines de Luxemburgo y admiraba una fuente, tuve un encuentro casual de los que hacía mucho tiempo que no tenía. Para mí esos encuentros son como mensajes que el universo me envía para que aprenda algo.

Esta vez vino en forma de señora de cincuenta años, delgada, con una melena corta, arrugas de expresión que indicaban las risas que esos ojos habían vivido y una sonrisa que te invitaba a confiar en ella. La conversación la empezó alabando la belleza de la fuente y la sensación placentera de ver fluir el agua libremente. Mi naturaleza precavida subió los escudos y el ordenador central preguntó: ¿Y ésta qué busca? ¿Qué quiere? ¿Por qué me habla?

Se presentó y me dijo que era profesora de yoga y meditación. Se llamaba Flor y era española. Estaba viviendo en París porque el Tao la había traído hasta aquí. Se notaba que era un espíritu libre que escuchaba al viento y se movía cada cierto tiempo de lugar. El presente es real y el futuro incierto: era su mantra.

Como mi cerebro determinó que no era una amenaza tan grande hablar con ella, decidí escucharla y seguirla en su paseo. Descubrí que también ella era una buscadora, que se había caído y levantado mil veces y que el budismo le había enseñado un camino de amor y paz.

Me mostró una gran verdad: los seres humanos sufrimos porque no aceptamos el cambio, pese a que éste forma parte de la vida. Todo está en constante movimiento y tratar de aprehender el momento, querer tener a tu lado siempre a una persona o no aceptar la pérdida, lo único que nos hace es perdernos el presente y, con ello, renunciar a nuestra vida.

Desde ayer mi cabeza ha dejado de rumiar la misma manida alfalfa. Me siento libre, mi objetivo de seguridad y de control se va poco a poco borrando del horizonte. No hay horizonte más allá de este momento. Y eso es bueno. Seguiré practicando.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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