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14 de septiembre de 2016

  • 14.9.16
Las gaviotas siguen volando, pero con vergüenza. Las personas normales sienten rabia, impotencia y contemplan a pleno gas cómo los servidores del sistema se ceban en ellos, y los llevan al límite de sus aguantes porque, para eso, ellos –aduanas y fronteras– están al servicio del bien, y los viajeros, todos, al servicio del mal.



Este año, la conocida como operación Paso del Estrecho, una vez más ha puesto el listón de la bandera de las inconsecuencias, de la bajeza humana, mucho más alto que en otras desagradables ocasiones, que ya son muchas y nadie, absolutamente nadie, adelanta un paso para solucionar algo que, como otras miles de cosas, envilece la condición humana.

Gentes que para mucha gente no son gente, sino euros, han tenido que esperar tirados en los muelles, en los puertos, cuatro y cinco días, para poder pasar de España a Marruecos, o a la inversa, porque el negocio es el negocio, y los buitres del Estrecho saben que pueden sangrar, picotear y hacer daño a los pasajeros en la sabiduría de que los ricos van en avión, en su propio yate o gozan de unos privilegios de pasar que no tienen los trabajadores que retornan o van a sus trabajos.

Y en el Estrecho los esperan para picarles fuerte los buitres del sistema, ante una complacencia generalizada que se publicita como un éxito social y un logro del saber-hacer empresarial y político de ambos países, Marruecos y España.

Un puente por la parte de Punta Europa del Estrecho, con cuatro carriles de ida y cuatro de vuelta, con flexibilidad de intercambio en sus pistas de rodadura, acompañados de vías de ferrocarril, que unieran las dos orillas de África y Andalucía, es un proyecto que hace ya muchos años se materializó en planos, vistos por mi persona, para ser construido, con un pago de peaje muy inferior al abusivo precio actual de los barcos, que no solo es que aliviaría la humillación y vergüenza anual de la operación Paso del Estrecho, sino que, acabada ésta, que en ese supuesto solo sería un repunte de tráfico, potenciaría los intercambios comerciales y de movimientos de gentes entre los dos continentes.

Algunos, sirviendo la voz de su amo ante el avance y la puesta en los tiempos actuales que significa el puente de unión entre ambos continentes, manifiestan que sería darle facilidad a la droga y a los sin papeles, cuando todos sabemos que lo único que impide la construcción del puente es el negocio de las navieras, junto al sadismo de joder al personal, con lo que conlleva de agrado para el sistema y muchos de sus bailaguas.

La droga se mueve con drones y con lo que le da la gana. Es prácticamente imparable su tráfico porque, entre otros muchas cosas más, se ha convertido en muchos lugares en un asunto de negocio hipócrita estatal. Y hasta que la gente de la calle no salgamos en tropel exigiendo su liberalización para que la Humanidad pueda seguir hacia adelante eliminando un comercio en manos de los dichos gobiernos y estamentos más poderosos que la propia industria armamentística, la droga, su prohibición, es la causante de la violencia social que tanta sonrisas de suficiencia arranca al sistema que se considera un genio por el modo fácil de aniquilar voluntades y humillar pueblos enteros que los tiene de rodillas, gracias al tráfico de estupefacientes.

Las abusivas tarifas del precio de los barcos del paso del Estrecho son practicadas en el momento oportuno de los meses de mayor afluencia de viajeros y encaradas hacia gente trabajadora a los que, como humanos que son, les gusta volver a sus hogares –de donde no saldrían de tener trabajo en sus, por lo general, tierras más ricas que las europeas, pero esquilmadas por blancos y caciques–.

Todo ello nos sitúa a los demás a un nivel de pura vergüenza ajena, porque somos consentidores pasivos de que unos pocos causen un estropicio tremendo en una mayoría que no sabe ni que somos mayoría los que tenemos que disponer de los recursos y de todas las cosas del planeta.

Existe tecnología de sobra para construir un puente aéreo entre los dos continentes. Lo que no existe es en los gobernantes ni de España ni de Marruecos la voluntad de hacerlo porque están al servicio directo de las navieras y nosotros, el pueblo, no ponemos en marcha ninguna exigencia para darle un plazo a que tal comunicación, más que necesaria, esté terminada lo más rápido posible para evitar que una persona se desangre económica y síquicamente para pasar el Estrecho de Gibraltar, de una anchura ridícula para la tecnología que se dispone hoy en día.

Cuando se quiere, el poder creador de los hombres es poderosísimo; pero todo se arruga y complica como una patata al sol cuando se trata de intentar darle solución a los problemas de los pobres de la tierra, a los que parece que la Humanidad en conjunto se alegra y se entretiene no ya en poner alambradas con cuchillas asesinas en las fronteras –en el caso de los que están llevando en Europa las tareas laborales más difíciles y variopintas, a los que no se demuestra algún modo de reconocimiento– sino en dejar de joderlos en el Estrecho de Gibraltar todo lo que se puede. Y se puede mucho.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS


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