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16 de septiembre de 2016

  • 16.9.16
Hay una diplomacia oficial y otra secreta. La oficial la protagonizan los ministerios de Asuntos Exteriores y la secreta la llevan a cabo los servicios de inteligencia. Cada una tiene sus funciones y se sustituyen cuando la situación política lo recomienda. La primera es pública y la segunda es oculta. Cuando un país quiere mantener relaciones con otro, pero no quiere que se conozca el acercamiento, lo que hace es poner en marcha a su agencia de espionaje.



Esto es lo que ocurrió durante los años ochenta en España con Cuba. El presidente del Gobierno era Felipe González, que siempre había mantenido una cierta simpatía con Fidel Castro, quien le mandaba habitualmente sus mejores puros como regalo. Eran tiempos en los que el servicio secreto español, entonces llamado CESID, estaba dirigido por Emilio Alonso Manglano, un hombre listo, con una mano derecha de alabar.

En temas de espionaje no había –ni hay– amigos o enemigos y Manglano lo sabía perfectamente. Eran tiempos en los que el CESID estaba ampliando su red en el extranjero, poniendo énfasis especial en la América de habla hispana. El reto les apareció con claridad: ¿Por qué no establecer relaciones con Cuba, un país tan cercano a nosotros? Dicho y hecho. Manglano se lo planteó a González y consiguió su autorización.

Con el máximo secreto, como se hacen estas cosas, el CESID mantuvo unas largas conversaciones con el G2 y acordaron autorizar el establecimiento de delegados en los dos países, que sirviera como cauce para solventar los problemas diplomáticos.

Una vez cerrado el acuerdo, la noticia llegó a los servicios secretos de la OTAN que estallaron contra el CESID. Tanto, que convocaron una reunión de urgencia del órgano de la Alianza Atlántica encargado de los servicios de inteligencia.

Allí Manglano explicó que no les iba a pasar información de los aliados –algo obvio– y que era mejor relacionarse con ellos que no hacerlo. Los más cabreados fueron los de la CIA, que mostraron su enfado pero no pudieron hacer nada para impedirlo.

Con el paso de los meses, los servicios occidentales terminaron recurriendo al CESID para conseguir un acercamiento a los cubanos, aunque la CIA nunca lo intentó. España fue precursora en el tema, como lo sería también en su acercamiento al temible KGB ruso.

FERNANDO RUEDA


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