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1 de septiembre de 2016

  • 1.9.16
Ahora se llaman politólogos, pero en la antigua Roma recibían el nombre de augures, una modalidad de sacerdotes que practicaban oficialmente la adivinación y que pronosticaban sobre las decisiones de los políticos de turno. Entre unos y otros distan más de dos mil años y, no obstante, poco han cambiado las cosas, aunque ya no se escrutinan vísceras de aves en rituales sagrados para hacer vaticinios. Ahora se desentrañan encuestas y estudios demoscópicos en tertulias televisivas o en púlpitos como éste, desde el que yo me arriesgo a escribir y a aventurar, amigo lector. En algo se tendría que notar el paso de dos milenios de civilización.



Pues resulta que, desde las elecciones a Cortes Generales celebradas el 20 de diciembre del año pasado, no están faltando augures que anuncian gobiernos de signos dispares, coaliciones posibles, mayorías imposibles y un sinfín de pactos que no se han dado y de desavenencias que no existían. Y todo ello machacando por televisión, radio y medios escritos al pobrecito ciudadano en tertulias, debates y monólogos patrocinados, muy probablemente, por los mismos partidos en liza y sus valedores ideológicos con la evidente intención de generar opinión pública favorable a sus muy particulares intereses.

De los distintos líderes políticos ya hemos escuchado de todo y su contrario, por lo que ya no cabe duda de que sus declaraciones y compromisos tienen la misma fiabilidad que el horóscopo que se publica diariamente en algunos periódicos. No he elegido esta comparación, lector paciente, de manera ligera, pues me consta que son muchos los que creen a pie juntillas en los signos zodiacales.

A pesar de lo que digan determinados políticos y politólogos, da la casualidad de que la Constitución deja muy claro que las elecciones las gana el partido cuyo candidato es capaz de sumar mayoría de diputados en el Congreso. Eso significa que, a fecha de hoy, las elecciones no las ha ganado nadie.

Por eso, nuestra Ley Fundamental prevé que, en este caso, se vuelvan a repetir los comicios hasta que algún partido pueda formar gobierno. No obstante, el Partido Popular, al haber quedado en primer lugar dentro del ranking de votos, ha tomado la iniciativa para sumar diputados y llegar a la ansiada mayoría con la que investir a Mariano Rajoy como presidente del Gobierno.

Se nos está diciendo que eso de votar tan a menudo no es bueno, perjudica a la economía, genera desafección a la democracia y que lo mejor será que los partidos que se oponen al PP, que representan el setenta por ciento de los votantes, hagan lo posible para que siga gobernando el PP.

Por lo pronto, el partido Ciudadanos ya ha ofrecido sus votos parlamentarios para que don Mariano Rajoy haga uso de ellos. Es paradójico que los de Rivera proclamaran durante la campaña electoral que Rajoy era el problema de España y ahora defiendan que el mismo Rajoy es la solución para el país.

Y también se le ha pedido al PSOE, segundo partido en el ranking de votos, que hiciera lo mismo que Ciudadanos porque, de no hacerlo, los españoles tendríamos que volver a votar el día de Navidad, cosa indigna para un país como el nuestro, que no se merece que por un motivo así se le fastidie un día de copas, banquetes y resacas. Pero, por activa y por pasiva, el señor Pedro Sánchez ha anunciado y reiterado su voto negativo a la investidura de un candidato del PP alegando que el Partido Socialista no puede avalar lo que critica y que no se fía de Rajoy.

Por lo que respecta al partido Podemos, da la impresión de que todo lo que tenía que hacer este partido ya lo ha hecho y ahora le sobran cuatro años de legislatura a la espera de otras elecciones.

En realidad, han transcurrido nueve meses, sigue Rajoy con su Gobierno en funciones y los politólogos lanzando augurios a diestra y siniestra para ocultar que no estamos en realidad ante un proceso de conformación de un gobierno para España sino ante una lucha por el poder puro y duro de unos individuos y colectivos que no contemplan más intereses que los propios y particulares.

Por esta razón, me atrevo a augurar que habrá componenda y Rajoy y los suyos seguirán en el poder. Pero esto ocurrirá en octubre, después de que el PNV se haya liberado de esa espada de Damocles que son las elecciones vascas del 25 de septiembre y de que los nacionalistas catalanes recuperen, en un breve intervalo de lucidez pragmática, ese sentido mercantilista de la política que tan buenos dividendos le ha dado tanto en democracia como en dictadura. ¿Acertaré en mi vaticinio?

ANTONIO SALAS TEJADA


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