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27 de agosto de 2016

  • 27.8.16
"Por haber dormido tan a menudo con mi soledad, se ha convertido en casi una amiga, una dulce costumbre". Creo que es la canción de amor más grande jamás escrita. Mi tío Pepe me manda canciones que debo escuchar para recrearme en sus palabras. "No, yo nunca estoy solo, con mi soledad", continúa diciendo Georges Moustaki acompañado de una música dulce que enternece el corazón, y con una voz de buena persona, que me atrapa.



Han sido largos años de indiferencia por mi parte, pero después de un largo camino y de una gran comprensión e insistencia por su parte, hemos llegado a este punto de amistad del que puede que surja el amor. Mi soledad siempre me ha acompañado, me ha seguido, me ha buscado y yo he huído de ella como de la muerte. No he sabido verla.

No hablo de la soledad por ausencia de otros seres humanos: hablo de esa realidad incuestionable con la que todos nacemos y morimos, de la convención de que dentro solo habita una persona: tú. Los demás están fuera. Si tienes suerte, empatizan, tratan de entenderte y de ponerse en tu lugar; pero los miedos, el dolor, la pérdida... solo pueden ser vividos de la mano de ella, de la soledad existencial.

El mundo ha sido ingrato con ella, confiriéndole un carácter negativo. Me consta que somos seres sociales y gregarios, y que necesitamos el contacto del otro. Hasta yo he de confesar que los besos y abrazos que recibo cada mañana de estos dos pequeños francesitos a los que cuido calientan mi corazón. Su aroma, su calidez y ternura penetran por mi ropa y mi piel, y se cuelan en mi sangre, haciéndome creer que todo lo bueno puede llegar.

Hace tiempo, un señor con una larga vida me dijo que lo peor que te podía pasar viviendo en pareja es que sufrieras de "soledad acompañada". En aquel momento, aquello me pareció una contradicción. Era demasiado ingenua y había vivido demasiado poco para saber que la compañía no te quita de la soledad y que cuando aquella solo es un adorno, una cosa más de tu casa, otro ser humano que cohabita contigo sin que haya un vínculo de almas, tu sensación de aislamiento se multiplica hasta el infinito, haciéndote sentir que estás solo dentro de una cueva donde apenas hay oxígeno.

Muchos y muchas buscan con ansiedad una pareja con la que acallar sus miedos, con la que llenar un hoyo de necesidad, como el que se hace en la playa, con el agua de cierta cercanía. Corren desesperados por las calles a la caza y captura de una novia o un novio con el fin de no encontrarse nunca a sí mismos.

Yo me quedo con mi soledad elegida y con Cortázar: "Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto".

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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