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20 de agosto de 2016

  • 20.8.16
El hilo sobre el que camino es elástico y no sé cuándo va a ceder, ni cuándo va a tensarse. Hay días en los que soy un puntito en un planeta que forma parte de un sistema solar que, a su vez, es una porción ínfima de un universo del que desconozco sus bordes. Esos días me comporto como me siento: un ser insignificante; una hormiga trabajadora más de un hormiguero gigante.



Sin embargo, en otros momentos pienso en mis genes y me siento poderosa. Desde el inicio de los tiempos, desde que apareciera la primera célula, mi ADN ha estado ahí y ha luchado seguramente mil batallas por la supervivencia, que están anotadas en mi genoma a modo de diario. Pero lo importante es que he llegado hasta aquí.

Mis genes podrían haber desparecido en la era glacial, con la peste, con la fiebre española; los podrían haber ajusticiado la Inquisición en alguna plaza. En definitiva, los podrían haber guillotinado en cualquier momento de la historia.

Pero todos los que habitamos la tierra en este momento somos el resultado de la lucha y la adaptación al entorno. Si nos viéramos como únicos –todos tenemos un ADN diferente, exclusión hecha de los gemelos univitelinos– y reconociéramos que que el otro también lo es; si respetásemos la vida como un cáliz que contiene un vino genuino y digno de protección, que es nuestra propia esencia; si intentásemos vivir este momento, este paseo terrenal sin esperar nada que venga después de la muerte sería más fácil. No andaríamos encogidos, con los ojos entornados y los brazos prestos a la defensa.

No sé si los demás se hacen los mismos planteamientos que yo. A veces me gustaría preguntar a alguien si ve normal que nos gastemos el dinero en viajes espaciales y más del 80 por ciento de la humanidad sufra sin consuelo y muera sin alimentos; si la gente que se gasta el presupuesto anual de un país pequeño en comprarse una isla privada son buenas personas y piensan alguna vez en los otros; si tienen alma aquellos que hacen su montaña de oro con las lágrimas de hombres y mujeres que han venido a esta vida solo para trabajar. Muchas veces me siento como una observadora que no entiende nada de lo que ocurre a su alrededor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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