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17 de agosto de 2016

  • 17.8.16
Dicen los entendidos que el dibujo mítico del grifo –un animal mitad águila imperial poderosa, mitad león– lo trajeron hasta nosotros desde el norte de África la gente de Carthago para asustar a chicos y mayores, y que representa, insisten los más entendidos, la lucha eterna del hombre contra muerte, de la que siempre salimos perdedores.



En verdad que no todo lo antiguo, por el mero hecho de serlo, tiene que ser bueno, verdadero y calar entre nosotros. Está claro que la unión entre águila y león, por muy afiladas que tengan las garras tanto el águila como el león, nos da mucho menos miedo que cuando vemos un simple politicastro que, de la noche a la mañana, le da por ponerse traje o corbata y no se lo quita ni para ir al retrete; o tintarse el pelo de rubio de peluquería, si es mujer, porque le gusta la política; o, por efecto de la tontuna de la paridad, está en faenas de servicios patrios.

El hilo de Ariadna sí es algo que de siempre, desde chiquitico, nos ha gustado a muchos tal mitología y oportuno hacer, porque primero yo creo que no existe chiquillo en el mundo que no haya sentido atracción hacia un ovillo de hilo de colores y, segundo, porque gracias al ingenio de aquella moza, el valiente mató al monstruo que vivía al final de en un laberinto –un laberinto no es un palacio, no empecemos– y pudo salir el valiente galán vencedor recobrando del hilo que había ido soltando previamente, y evitar así que los de la localidad mediterránea pagaran un IBI anual de cinco o seis mozas, IVA aparte, que se zampaba el monstruo.

Un monstruo, que sin ser votado en una urna, como la democracia ordena y manda, tenía a un pueblo de cagaos en espera de que alguien le resolviera el asunto. Y no sintieron rubor ni vergüenza alguna, cuando uno solo, simplemente con un poco de ingenio, un hilo y una espada, acabó con todo un monstruo que tenía acojonadito a un pueblo entero, que, seguramente, en su fuero interno estaba esperando que el monstruo se cansara de mozas y le diera por los mozos y los asuntos, tan noveleros, de las relaciones llamadas "antinatura".

Sin moraleja alguna, porque está claro que España ya no está para moralejas, pero sí para un desinfectado general de sinvergüenzas a empezar por el pueblo, en el laberinto que hemos montado no existe ovillo de hilo que llegue al final y, lo que es peor, que el uno por el otro pasamos de coger el hilo por la punta y la espada en la otra mano para arreglar las exigencias fatales de nuestros monstruos mandamases.

Y así nos va, porque hoy por hoy no tenemos ningún dibujo ni actual ni antiguo que nos dé miedo. Todo lo contrario, nos estamos creyendo los triunfalismos provocados desde los vendidos medios de comunicación, que tienen muchísima menos realidad que el tremendo placer que producen los dibujos y pinturas que realiza el formidable maestro José Cano, caballero a lomos del moderno caballo de metal.

Me comentaba un viejo rifeño que no sabía distinguir muy bien si él era rifeño de Marruecos o rifeño de España, que entre su gente había tanta democracia, era tanto lo que se discutía en los círculos bajo el olivo de la yemá, que de tanta democracia se pasaba de un momento a otro a la algarabía, a la pura anarquía. Y me lo comentaba con la serenidad que dan los años, cuando, salvadas excepciones, siempre se suele desear lo mejor para los que están o llevan el camino recién iniciado.

Los triunfalismos son fatales, perniciosos y letales para cualquier sociedad que quiere progresar en el futuro entendiendo como progreso una mayor calidad de vida. Y no, no estamos viviendo mejor ni vamos a mejor, quizás porque no nos dan miedo los grifos, aunque para la verdad ahora deberían ser representados simplemente con el cuerpo bicéfalo de un político y una política, y el trasero de rata de alcantarillado, y en vez de garras lleve los resguardos de haber mantenido conversaciones con uno de los corresponsales de los bancos sitos en los paraísos fiscales civiles o laicos, da igual, porque son iguales de perniciosos para nuestra sociedad si los paraísos fiscales son de banderas laicas, o de gente de la autollamada por ellos mismos, de dios.

La gente griega (presumo de ser un hombre de izquierdas y descender de un griego Palmis, un dios menor de la fértil Arcadia), fueron la que le dieron cultura a los monoteísmos, pero es curioso cómo ellos, el llamado mundo helénico, un mundo culto, instruido, en modo alguno aceptó ni lograron que su cultura laica llena de valores, claudicara ante grifos y miedos que ellos, con sus relatos míticos, hicieron que se los tragaran los cazurros de otros pueblos, que con tener en el parnaso subido a politicastros y estar todo el día hablando de ellos, el objetivo social colectivo está logrado.

Los que hemos conocido el miedo, nos da miedo. Los que hemos conocido la necesidad morando por calles y pueblos, no nos cansamos de repetir que no podemos dejar que nuestros patrimonios económicos y naturales de los lugares que pisamos estén en manos de gentes que ni los grifos los representan de un modo miedoso. El maestro José Cano debería de pintarnos un grifo moderno que realmente nos diera miedo.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS


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