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16 de agosto de 2016

  • 16.8.16
“En San Juan de Luz, Ezquerra nos dio unas bolsas con una FN Browning, cincuenta balas, 50.000 pesetas y las órdenes precisas para cada uno. Las mías eran de encontrarme algunos días más tarde en la Cafetería Hontanares de Madrid con Wilson y Papi para comenzar a operar. También nos dieron unos billetes de tren para Perpiñán, donde nos estarían esperando”.





Tras haber retrasado mucho tiempo su entrada en acción, El Lobo iba a comenzar la parte más arriesgada de su infiltración. No obstante, gracias al trabajo ya desarrollado, decenas de miembros de ETA y un número muy destacado de pisos en Francia estaban ya bajo control de los agentes del servicio secreto español.

Mikel Lejarza sigue contando sus peripecias tras entrar en España con tres compañeros y conseguir que les trasladaran a Barcelona sin llamar la atención.

 “Allí nos esperaba Ana, una chica alta y muy guapa, extrabajadora de Firestone y muy activa sindicalmente. Nos llevó a su casa y aquella noche se metió en la cama con Txiki y conmigo”.

“Al día siguiente me dio la murga para que la llevara conmigo a Madrid, diciéndome que estaba preparada para todo. Me la quité de encima como pude y seguí el viaje solo. Cuando llegué a la cita en la Cafetería Hontanares ya estaban los de los servicios operativos del SECED rondándome por las cercanías. Desde aquel momento todos los etarras que entraron en contacto conmigo serían controlados día y noche”.

“Lo primero que me encargaron Wilson y Papi fue que buscara pisos y un garaje para meter varios coches. Cuando cené con Carlos –del SECED- aquella misma noche, se lo transmití y me dijo que no me preocupara que ellos se encargarían de todo. También me pasó las llaves de un piso en la calle Doctor Fleming, 44, y un Seat 850 blanco en el que se había instalado un equipo de grabación oculto en el bloque del volante y un detector de rastreo”.

El Lobo controlaba sus nervios lo mejor que podía, aunque no siempre era una tarea fácil.

 “Estaba muy nervioso porque la gente del SECED hacía las cosas lo peor que sabía. Me entregaban las llaves de unos pisos que todos tenían portero. Eso iba contra la más elemental norma de seguridad de cualquier organización clandestina. Menos mal que nadie se mosqueó”.



El 30 de julio se llevó a cabo una operación antiterrorista en Barcelona, en la que resultaron detenidos Wilson y Txiki, aunque la noticia que se facilitó a la Agencia Efe hablaba de que los disparos que se habían escuchado eran por la detención de dos delincuentes comunes. Querían que los etarras en Madrid no se enteraran para poder detenerles a ellos también.

“Aquel mismo día se había decidido trasladar las armas que guardaban Apala y Gaizka a mi piso en Doctor Fleming. Íbamos en el Mini que tenía Txepe con Papi y Josu Múgica en dirección a la plaza de Castilla cuando vimos pasar varios coches de la Policía en sentido contrario y a toda velocidad. Fue la primera señal de alarma”.

“La zona estaba llena de policías, por lo que optamos por abandonar el coche, que casi no tenía gasolina, y salir corriendo. Intenté que me siguieran al piso donde vivía, pero cuando enfilé Doctor Fleming vi venir un grupo de policías corriendo. Entonces empezaron los tiros. Fueron varias ráfagas de metralleta y las balas empezaron a silbarme cerca de los pies. Eché mano a la pipa, me di media vuelta y realicé varios disparos procurando no dar a nadie. Los policías corrían como conejos. Aproveché la desbandada para meterme en el primer portal que encontré”.

Papi fue detenido tras ser herido en un codo; Txepe fue cogido sin problemas y Múgica perdió la vida al enfrentarse a la Policía cerca del estadio Santiago Bernabéu.

“Yo llamé a una puerta gritando que era policía y cuando abrieron le puse la pistola en la boca y me metí dentro. Luego me enteré de que era el director de Hacienda, que estaba solo con su mujer. Les aseguré que no les iba a pasar nada pero parecían dos flanes”.

“En la calle aún sonaban algunos disparos. Llamé a Carlos. Le dije 'soy Lobo. Estoy colgado. Sacadme de aquí'. Me contestó que todo estaba controlado y que me llamaría para avisarme cuándo podía salir. Al rato, me llamó para indicarme que bajara a la calle con cuidado pues habría alguien esperándome. Arranqué el hilo telefónico y me fui diciéndoles que era de ETA”.

“En la puerta del inmueble me encontré con el capitán de la Guardia Civil Cándido Acedo, que estaba al mando de los equipos operativos del SECED, quien me dio las llaves de un coche aparcado en la esquina y me indicó que me refugiara en uno de los pisos un par de días. Me fui zumbando al de la calle Sancho Dávila y me metí en la bañera para relajarme. Estaba de nuevo solo y sin saber cómo reaccionaría la dirección de ETA en Francia ante la caída que habíamos tenido”.

FERNANDO RUEDA


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