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19 de agosto de 2016

  • 19.8.16
Recientemente tuve la oportunidad de leer una interesante entrevista a un afamado músico español, conocido en el mundo entero. En ella hacía gala de pagar sus impuestos en España pese a pasar buena parte del año fuera de nuestras fronteras, lo que es loable y de agradecer en estos tiempos de evasores, elusores y corruptos de toda clase.



En la entrevista, este exitoso músico también daba su parecer sobre otros asuntos de actualidad, aunque fueran casi íntegramente mediante opiniones «políticamente correctas». De esa superficialidad se salvaba un fragmento en el que hablaba sobre un país caribeño que ocupa buena parte de las noticias internacionales en nuestro país.

El cantautor señalaba, con vehemencia, que se sentía enfermo cuando escuchaba que alguien pudiera decir que tal nación era un paraíso terrenal y añadía: «...la gente no tiene libertad ni para comprar papel higiénico».

En realidad, no importa que hablara sobre ese u otro país, no es eso lo que suscita esta reflexión. No tiene nada que ver con que alguien esté a favor o en contra de las ideas que esgrimen los gobernantes de determinado país. Ni siquiera trata de ese lugar: la cuestión es puramente filosófica.

Me llamó terriblemente la atención la idea de libertad que subyace en «...la gente no tiene libertad ni para comprar papel higiénico». La deducción lógica inmediata es que la libertad está íntimamente ligada a satisfacer las decisiones de compra y si estas se pueden ver cubiertas por el mercado. Aunque pueda parecer un enunciado simple, encierra numerosas derivadas.

En cualquier caso, lo que no logro entender con claridad es si el producto nombrado —papel higiénico— es central en el razonamiento o no. Tampoco menciona algunos aspectos que se antojan capitales en el silogismo: ¿es de una capa¿ ¿De dos? ¿Triple capa? ¿Lo promociona un golden retriever? ¿Está impreso con finas flores en colores pastel...?

Sería conveniente saber si la libertad abarca cualquier bien o se limita a determinados objetos, si incluye los servicios o solo los efectos materiales. Así, podría decirse: «no es libre porque no puede ni comprarse un libro (una barra de pan, un jamón de bellota, un ventilador, una lavadora, un coche o un jet privado, recibir educación, sanidad, clases de mecanografía, un workshop sobre styling o contar con los servicios de un personal brand manager)».

Quizás, siguiendo la lógica, alguien podría argüir que «A es mucho más libre que B porque tiene un poder de compra mucho mayor», o enunciar: «este año el índice de libertad ha descendido un 3 por ciento por la subida del IPC», «el Gobierno impulsa un plan de incremento de la libertad subvencionando los precios del papel higiénico», etc.

No sé si algo se me escapa pero, parece ser, para algunos la libertad está mucho más relacionada con las curvas de oferta y demanda que con otros menesteres. Aparentemente, la libertad está controlada por las curvas del mercado, y es variable según localización y culturas; no está vinculada a un ideal absoluto que trascienda lo material y fungible.

Pudiera ser que exista una frontera entre dos tipos de bienes: los que proporcionan libertad y los que no, que podríamos denominar libertíferos y no libertíferos, debiéndose enumerar en sendos listados. En ese caso, los gobiernos deberían preservar la libertad de sus gobernados imponiendo controles en los bienes libertíferos, legislando para que sean accesibles para todas las personas, regulando el mercado, dictando precios máximos, ofertas mínimas, expropiando las instalaciones productoras que no cumplan adecuadamente con ese fin, sancionando a los comercializadores que impidan la labor libertadora, incluso estatalizando los medios de producción de dichos productos, etc.; en resumen, interviniendo en los mercados. Aunque eso ya se hace en el Caribe, pero no es probable ya que constituiría una contradicción evidente.

Supongo que este destacado intérprete concordará en que el Partido Comunista chino está incrementando notablemente la libertad en tal país ya que ha venido incrementando una media del 8 por ciento su PIB durante la última década y elevando la renta per cápita de los ciudadanos.

Por mi parte, y por desgracia, no veo la correlación, pero mis entendederas son escasas para estos asuntos de tan profundo calado existencial. En mi discreto conocer creo que eso no está relacionado con la libertad, que es algo mucho mayor y más complejo como para caracterizarlo según la capacidad para adquirir papel para el aseo de las posaderas. Solo me queda decir: «Viva la libertad y vivan las existencias de papel higiénico».

ENRIQUE F. GRANADOS


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