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15 de agosto de 2016

  • 15.8.16
La actualidad española se caracteriza por el inmovilismo y la desaparición de un pensamiento crítico que no se deja engatusar por la propaganda política y que cuestiona la realidad. Y la realidad es que sobrevivimos a un Gobierno en funciones en el que su presidente sigue mostrándose como un mártir ante los ciudadanos porque no le dejan gobernar pese a no tener votos suficientes para ello.



Exige el mártir de la Moncloa que toda la oposición no haga oposición y le permita seguir impulsando iniciativas lesivas para los humildes que poco tienen (sólo trabajo y se lo quitan) pero beneficiosas para los que acaparan riquezas y negocios.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo salir de esta situación de inmovilidad y desidia en la que unos y otros siguen enrocados en sus posiciones iniciales, salvo Ciudadanos que, para demostrar el giro copernicano de sus planteamientos electorales, ahora acepta que Rajoy, el implicado en la corrupción de su partido, continúe al frente del Ejecutivo pero sin apoyarlo explícitamente, sino mediante la abstención de sus votos.

Un sí pero no con el que intenta camuflar sus veleidades ideológicas, aquellas con las que apoyaba ayer un acuerdo con los socialistas del PSOE, y hoy, una `entente´ con los conservadores del PP. Así, pretende presentarse como garante de la gobernabilidad sin mojarse en apoyar abiertamente con un voto afirmativo a sus afines ideológicos.

Además, exige que el PSOE, que se mantiene en sus trece desde diciembre pasado, pase del “no” a la abstención, única posibilidad, tras el “no” de las formaciones nacionalistas, de que el cambalache PP-Ciudadanos salga adelante.

El mártir, mientras tanto, aguarda pasivamente que el Gobierno le caiga del cielo como fruta madura sin hacer nada, sin negociar, sin ceder, sin buscar acuerdos puntuales o de legislatura, y limitándose a meter miedo: que si los presupuestos, que si el techo de gasto, que si la multa de Bruselas, que si las pensiones, que si los funcionarios...

Ahora se acuerda de todos esos colectivos a los que ha castigado en la pasada legislatura con sus recortes, ajustes, congelaciones de sueldo y pensiones y demás durísimas medidas de austeridad que nos han llevado a donde nos han llevado: a la precariedad absoluta en todo, en salarios, trabajo y en expectativas de que nuestros hijos vivan mejor que nosotros. Encima, el mártir pretende que todos le apoyen para continuar aplicando la misma política y las mismas recetas…

Y los que piensan en serio en lo que somos y lo que hacemos, en cómo nos quedamos embobados con la basura audiovisual e idiotizados con la propaganda, los que reflexionan sobre el papel de los mitos y las instituciones en nuestras vidas, los que analizan la sopa boba que nos tragamos sin rechistar mediante el simulacro de información, democracia o creencias con que nos manejan, esos pensadores se mueren sin que nadie los eche de menos y sin los tumultos que se organizan en los velatorios de cualquier chiquilicuatre de la farándula que, después de robar a todo el mundo, quiere pasar por patriota o artista de sensibilidad especial.

Así, en esta España de constantes vitales en funciones, hasta los cementerios también parecen estar en funciones mortuorias para acoger a pensadores honestos que fallecen hartos de vivir y de pensar, como Gustavo Bueno, un filósofo que pocos han leído y ningún político que se cree ilustre se ha dignado condecorar para evitar el sonrojo de que le pongan la cara colorada con los recortes en educación y las iniciativas para arrinconar la filosofía en los planes de estudio. Por eso este país no tiene costumbre de pensar: se hace lo imposible por erradicar tan peligroso hábito…

No extraña tanta ignorancia oficial y popular con un hombre que se preocupaba por La influencia de la religión en la sociedad española y sacaba las tripas de la televisión actual con su obra Telebasura y democracia, entre otros asuntos que diseccionó con su pensamiento crítico, poco vulnerable al conformismo y la estulticia.

La instantánea actual de nuestra realidad es, pues, esa España buena y mártir, un país caracterizado por los extremos de la más alta racionalidad que se manifiesta en un pensamiento crítico, tan bueno como inútil, y la más baja mediocridad que apela a las emociones, no a la razón, tan útil como infame para disfrazarse de mártir y seguir defendiendo intereses de clase y un modelo sectario de sociedad, en el que unos pocos viven a cuerpo de rey mientras la mayoría las pasa canutas. Una España buena y mártir.

DANIEL GUERRERO


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