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7 de agosto de 2016

  • 7.8.16
A mediados de los setenta, el rock parece estancarse y alejarse de sus inicios como música de los jóvenes que reivindican un mundo propio alejado del de los adultos. Se vuelve previsible y va perdiendo adeptos que se decantan por otros estilos más innovadores. La industria marca las pautas, de modo que sus aristas reivindicativas se van perdiendo para convertirse en una mera moda planificada en los despachos de los ejecutivos de los sellos multinacionales.



Por otro lado, el movimiento flower power, tan potente en la segunda mitad de la década de los sesenta y que daría lugar a la psicodelia, languidece. Las reivindicaciones de paz y amor parece que no conducen a ninguna parte; el sistema político sigue su curso, con toda la carga de injusticias, violencia y guerras que asolan el planeta, al tiempo que los conflictos sociales perviven en el ámbito de la realidad cotidiana.

Así pues, no es de extrañar que la contestación a este estado de cosas terminara expresándose a través de un nuevo movimiento que ya se estaba gestando de modo embrionario. Nos estamos refiriendo al movimiento punk, el mismo que daría lugar al punk rock. Sus profetas: el grupo Ramones, en Estados Unidos, y Sex Pistols y The Clash, en el Reino Unido.

Conviene, ante de comentar sucintamente sus trayectorias, explicar la etimología de este término inglés y su procedencia. El significado de esta palabra remite a "basura" y "suciedad", cuando se refiere a las cosas, y a "vago", "despreciable" o "escoria", cuando se aplica a las personas. Lógicamente, se deduce que el rock que lleva este apelativo se aleja totalmente del que habían marcado grupos como The Kinks, The Who, Led Zeppelin o Credence Clearwater Revival, por poner unos ejemplos de grandes nombres del rock.

Antes de que el término punk fuera aplicado a un tipo de música, hay que apuntar que ese era el nombre de una revista fundada por John Holmstrom en Nueva York en 1976. En ella se hablaba de las aficiones de la gente corriente, al tiempo que se hacía eco de la música que sonaba en los garitos de la ciudad. Nada de la revista estaba destinada al público selecto; todo lo contrario. Una vez afianzada, su orientación caminaba hacia los movimientos izquierdistas de la ciudad.

Para el tema que vamos a tratar, conviene hacer referencia a que en esa revista publicaba sus fotos Roberta Bayley, a quien se le debe la fotografía que serviría para la portada del primer disco de Ramones.



En este año del 2016 se cumplen cuarenta de la salida de un disco que fue clave en la historia del rock: se trata de aquel que llevaba por título Ramones, el mismo en el que en la portada aparecían cuatro tipos desgarbados con chaqueta de cuero negro, pantalones vaqueros raídos y zapatillas de deporte, indumentaria que les acompañaría a lo largo de su existencia como grupo, es decir, hasta su disolución en 1996.

La banda procedía del distrito de Queens de Nueva York. Sus componentes: Jeffrey Hyman, quien sufría trastorno obsesivo compulsivo, por lo que necesitó ingreso en un centro psiquiátrico; John Cummings, alumno de una academia militar, en la que había entrado por mandato de su madre; Douglas Calvin, que había pasado toda su infancia en Alemania debido al trabajo de su padre; y Thomas Erdelyi, húngaro de nacimiento, siendo el que llevaba más tiempo dentro de la música que sus compañeros.

El nombre del grupo se le ocurrió a Thomas, de modo que acabarían llamándose a sí mismos como Joey Ramone, Johnny Ramone, Dee Dee Ramone y Tommy Ramone, y así se presentaban ante el público y los medios de comunicación.

Por otro lado, todo disco que se pretende que salga al mercado necesita un diseño de la carátula. Para el caso del grupo de Joey Ramone, las consabidas y convencionales sesiones fotográficas no terminaban de convencerles. No obstante, un día de febrero en el que estaban grabando, pasó por los estudios Roberta Bayley que, tal como he apuntado, era fotógrafa de la revista Punk. Viendo la pinta que se gastaban, les invitó a ir a un callejón cercano de East Second Street, y allí, colocados contra una pared llena de desconchones y pintadas, saca una instantánea para la revista.

El manager del grupo, nada más ver la fotografía, le ofreció a Roberta 125 dólares para que fuera la portada del disco a salir; fotografía que se haría enormemente popular y se convertiría en un verdadero icono de la música nihilista y colérica de los jóvenes airados de finales de los setenta y comienzo de los ochenta.

Cuarenta años más tarde, tras ser reconocido como el mejor disco punk rock por la revista Rolling Stone, se vuelve a editar en una caja de 12 pulgadas, con libro, tres cedés y un elepé de vinilo. Son 19.760 copias numeradas, para todo el mundo. Un auténtico alarde de lujo para una gente que atacaba despiadadamente todos los convencionalismos de una sociedad que rechazaban. ¡Paradojas de la vida!



¿Se puede ser enormemente famoso, marcando el rumbo de una generación, con un solo disco de estudio dentro de una corta y efímera carrera? Sí, en el caso de que nos refiramos a los británicos Sex Pistols y a su elepé Never Mind the Bollocks, here’s the Sex Pistols (‘Me importa unos cojones, aquí están los Sex Pistols’). Bien es cierto que posteriormente saldrían discos piratas y de actuaciones en directo, para calmar el ansia de sus muchos seguidores.

Ni que decir tiene que el título de marras puso nerviosos a los censores y a la policía, que, nada más salir el disco en 1977, se apresuró a confiscar las cubiertas y los pósteres que se encontraban en las tiendas de discos. La respuesta dada por la prensa musical, en el puritano Reino Unido de entonces, fue publicar anuncios en los que se indicaba que “puede que la funda desaparezca, pero el álbum no”.

Pero no es que los Sex Pistols dispararan musicalmente contra todo lo que les ponía por delante, sino que el grupo de Johnny Rotten y Sid Vicious lo hacía contra símbolos tan sagrados como el propio país y la tan respetada monarquía inglesa. Así, entre los temas del disco aparecían Anarchy in the UK o God Save the Queen, que imaginamos que a su ‘graciosa’ majestad no le haría ninguna gracia, en caso de que los hubiera oído.

Nihilistas, mordaces, agresivos, contradictorios. Signos que acaban identificándoles y que lo reflejan en una música sucia, primaria, inacabada, y en la que pulverizan todo lo que tocan. Además, todo el rechazo que manifestaban acerca de la ley, el orden y la gente bienpensante lo vuelcan en el diseño, por llamarlo así, de la carátula del disco que tendría que salir en ese 1977.

Para la portada se ayudaron de Jamie Reid, amigo del grupo, quien para no gastar ni siquiera en Letraset, que era el sistema utilizado por entonces para rotular a base de las letras de láminas transparentes en las que se encontraban las letras adheridas y que, por presión, quedaban fijadas en la superficie, buscó en las letras de la prensa para recortarlas de sus hojas.

Minimalismo total. Rechazo hacia el diseño cuidado. Desdén por los grandes ilustradores del país. Así, sobre una lámina cuadrada y amarilla, Reid traza el título del disco en letras negras, mientras que, sobre un trozo de cartulina roja/violeta que adhiere a la superficie amarilla, va pegando distintas letras recortadas del diario Times.

¿Resultado? Una de las portadas más reconocidas dentro del ámbito del rock y que ha sido copiada, de un modo u otro, numerosas veces por distintos grupos musicales.



El tercer gran grupo representativo del punk rock fue el formado por los londinenses Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y Topper Headon que adoptaron el nombre The Clash. La denominación se debe a Mick Jones, quien nos cuenta que se le ocurrió adoptarlo a partir del graffiti que había en el muro de la autopista que hacía frontera entre su barrio y una de las zonas más acomodadas de la ciudad.

Nunca olvidaron que, excepto Strummer, procedían de los suburbios de Londres, por lo que, en vez de arremeter contra la población inmigrante, muy habitual en sus barrios de procedencia, se apuntaron, impregnados de idealismo, a todas las causas perdidas desde un idealismo de izquierdas, en gran medida antagónico de la anarquía y el idealismo que defendían los Sex Pistols.

Esto puede comprobarse en su tercer doble elepé London Calling, grabado y publicado en el invierno de 1979. Sin ningún tipo de complejos abordan la Guerra Civil española en Spanish Bombs, al que se unirían Revolution Rock, Hateful, Death or Glory, The Guns of Brixton o The Rigth Profile, por citar algunos temas. A este doble elepé, le seguiría el triple titulado Sandinista!, en homenaje a la revolución nicaragüense.

Pero no fue solo la música y letras de London Calling lo que les dio una enorme popularidad, sino también la portada en la que se ve a Paul Simenon estrellando su bajo contra la tarima del escenario. Este gesto, lógicamente, tuvo su pequeña historia, que merece la pena contarla.

La noche del 21 de septiembre de 1979, el grupo actuaba en el Palladium de Nueva York. Allí se encontraba la fotógrafa Pennie Smith que trabajaba para la revista Frendz y New Musical Express. Con su Pentax ASII en las manos, en un momento determinado quiso hacer una foto a toda la banda, por lo que le coloca un objetivo gran angular. En ese instante ve que Simonon avanzaba airado en la dirección en la que se encontraba. No le dio tiempo a cambiar el objetivo, por lo que disparó instintivamente en el momento de la furia del bajista.

“Lo vi muy, muy cabreado. Lo siguiente que recuerdo es verlo con el bajo en alto y dirigirse hacia mí. Lo primero que pensé es que yo lo había cabreado”, fueron las palabras de Pennie Smith. No obstante, esa fotografía desenfocada acabó siendo un verdadero símbolo de la ira de los grupos punkies.

La popularidad alcanzada por esta portada dio lugar a que en enero de 2010 se incluyera en una serie especial de diez sellos de cubiertas de discos que editó el servicio portal del Reino Unido. Lógicamente, no podía faltar en ella London Calling!



Pero no se entiende del todo la portada de London Calling si no se hace referencia a la tipografía que le acompaña, en la que aparece en vertical y de color magenta la primera palabra y de color verde la segunda. Este diseño no es nada original pues está tomado del primer elepé que sacó Elvis Presley, allá por 1956. Tal semejanza no puede ser producto de la casualidad. ¿Plagio? ¿Homenaje a Elvis? Lo cierto es que Ray Lowry, diseñador de la carátula, nunca llegó a aclararlo.

AURELIANO SÁINZ


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



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