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29 de julio de 2016

  • 29.7.16
Margarita como sustantivo puede referirse al nombre de una mujer, a una isla o a un tipo de flor abundante en nuestro entorno. ¡Ah! y a un tipo de cóctel. Doy unas breves pinceladas sobre el tema antes de entrar en materia que, como pueden deducir del título, no tratará de mozas ni de floricultura y, menos, de consumo de alcohol.



Margarita como nombre propio procede del latín y significa perla preciosa o mujer de gran belleza. En el santoral cristiano aparece todo un repertorio de mujeres con dicho nombre como, por ejemplo, santa Margarita de Escocia (1046-1093), aunque era nacida en Hungría.

Otras reinas famosas serán Margarita de Navarra (1527-49), Margarita de Austria (1584-1611). Modernamente, Margaret Thatcher (1925-2013), la famosa Dama de Hierro, que pasa a la posteridad como mandataria inglesa desde 1979 a 1990.

La isla Margarita, llamada también La Perla del Caribe, fue famosa por las perlas y por el papel que en su momento jugó en la independencia de Venezuela. Actualmente es un atractivo lugar para el turismo del que obtiene una parte importante de sus ingresos.

La margarita común (bellis perennis -flor bonita-) también llamada bellorita o chiribita es una planta ornamental silvestre que florece en mayo y dura hasta finales de verano. Por si no lo sabían, sus hojas son comestibles y dicen que tiene propiedades medicinales y que de ellas se prepara un repelente para mosquitos. Ojo al mosquito tigre, que está haciendo estragos.

Incluso se le atribuyeron propiedades abortivas, asunto que dio serios problemas en la Alemania del siglo XVIII. Hay muchas historias alrededor de esta planta. Como flor silvestre, la de pétalos blancos que crece en bardales y sembrados, es muy común en nuestro entorno.

¿Qué significado encierran las margaritas? Según sea el color de sus flores se le dará un significado u otro. Las blancas representan belleza, inocencia, sencillez; el amor leal se atribuye a las amarillas; las rojas sugieren arrebato amoroso; las azules, fidelidad y las de pétalos multicolores, alegría.

Finalmente cito el cóctel llamado margarita, a base de tequila triple seco, jugo de limón y del que no sé nada porque en el tema de bebidas mi ignorancia es total. Y en el mundo de los sueños también tiene su interpretación, al igual que otras flores.

Margarita como nombre femenino está encumbrada a las altas esferas; como flor es una de las más humildes y sencilla, quizás solo equiparable a la ruborizada amapola. Pero no así como indicador del llamado “síndrome de la margarita” –eso que entendemos como deshojar la margarita–.

La RAE, refiriéndose al síndrome en general, lo define como “un conjunto de signos o fenómenos reveladores de una situación generalmente negativa”. En dicha definición hace referencia a diversos tipos de síndrome. Hablar de "síndrome" indefectiblemente lleva a situaciones negativas y de anomalía.

Hagamos un poco de recuento del asunto en el sentido más romántico e intrascendente si lo tomamos como juego de adolescentes que no llega lejos y solo dejará leves indicios de una huella fugaz con cierto regusto de tristeza. Y a veces ni eso.

Deshojar la margarita está relacionado con la etapa de la juventud cuando apuntan las esperanzas y los deseos de que el otro o la otra nos pueda querer. Es algo así como un acertijo romántico que juega con la esperanza de los enamorados. ¿Me quiere, no me quiere…? hasta que el último pétalo se desprenda de la corola y ratifique una de las dos posibilidades.

¿Realidad o nostalgia? El misterio reside en que nunca se sabe cómo finalizará. Primero porque el numero de pétalos es variable en cada flor. Y segundo porque el hecho de que el resultado final sea positivo o negativo no garantiza nada relacionado con lo que pueda ocurrir en un futuro inmediato. Ni tan siquiera borra la negra nube de la duda.

Sea cual sea el origen de esta costumbre, se tiene constancia de su existencia desde hace tiempo porque aparece en canciones, en poesías y más modernamente en películas. La frase “deshojar la margarita” solo nos indica que hay una situación vivencial de duda de la que es necesario salir a la mayor brevedad posible porque se impone la necesidad del equilibrio psicológico del sujeto frente a la angustia.

En la mayoría de nosotros, con frecuencia suele aparecer la duda ante algo que queremos hacer y no estamos convencidos o no lo vemos claro. La solución pasa por sopesar pros y contras para salir del atolladero.

Dudar, por tanto, no es malo: lo nocivo es permanecer en un estado de duda continuada, lo que refleja una situación de malestar, de inseguridad que suele abocar a la frustración. La duda es la polilla de la voluntad que va corroyendo la fortaleza del yo personal.

Vamos al síndrome de la margarita. En muchas personas, ese acertijo monocorde, que se expresa en dos raquíticas palabras, queda asentado en su personalidad para toda la vida, como una cantinela turbadora. Ante cada acontecimiento, el sujeto deshoja la margarita de las decisiones en un sí-no-sí-no angustioso que deja regusto amargo, decida lo que decida. Digamos que se debate en una duda sistemática que genera desilusión, tanto si opta por el no como si se decanta por el sí.

El tipo de duda al que me refiero es más doméstico, de ir por casa, aunque puede tener serias consecuencias en sujetos adultos tanto para su equilibrio personal como para los que le rodean. Nunca sabe lo que quiere por aquello de quererlo todo. Insatisfacción, envidia, celos, frustración son un cuarteto dañino para la personalidad dubitativa.

La razón estriba en que el sujeto se debate en una situación de duda constante. En principio, no tiene mayor importancia y suele ser algo pasajero en la mayoría, aunque puede quedar como una constante en muchas personas hasta el punto de marcarlas con una bajada muy fuerte de la autoestima, saturarles de envidia, y con una enfermiza tristeza que aflora en claros síntomas de depresión.

Siempre quedará la tristeza pegada a la duda de las ventajas de lo que se abandonó en el camino, sumada a los daños, quebrantos, desdichas, que pueda comportar la elección realizada. En otras palabras, el sujeto “margarito” nunca estará satisfecho ni con lo que eligió ni con lo que dejó.

Pero no para ahí la amargura. A las indecisiones los “margaritos” añaden la envidia de los beneficios que puedan obtener los demás de lo que ellos no escogieron. Con dicha actitud el sujeto “ni come ni deja comer”, cuestión que ensombrece más el panorama.

Es tal la cantidad de pelusa (léase envidia) que acumula el sujeto que degenera en celos y esto es otro frente de gran importancia e influencia en la actuación del afectado. Celos y envidia son un bocadillo de difícil digestión que no solo corroen a quien lo sufre sino que también afecta a los que le rodean.

Este Triángulo de las Bermudas psicológicas se cierra en tres vértices, yo diría que casi obscenos, para la integridad personal. Desde el ángulo de la duda saltamos a la envidia y de ésta a los celos. El resultado acarrea insatisfacción, tristeza, baja autoestima y sobre todo carcome la personalidad de quien lo padece acentuando etapas de depresión.

La incertidumbre es una constante en los humanos. Hacer o no hacer se presenta como un dilema vivencial que puede llegar a amargar el día a día de una persona. Quizás por ello el saber popular sentenció la mayoría de nuestras acciones con aquello de que “a lo hecho, pecho”, cuestión esta que no enraizó en la persona enferma de duda, razón por la cual no termina jamás de deshojar sus múltiples indecisiones.

Al ir más allá del clásico juego de indecisos y temerosos enamorados, intento realzar la importancia de la duda y el daño que causa en la personalidad dudante que siempre estará en permanente estado de amargura y pensando que el mundo entero está en su contra, que todos le quieren mal.

Termino con una cita agradable que nos lleva mas allá de la corrosiva duda. Cito la delicada canción de Serrat que dice que “la mujer que yo quiero no necesita deshojar cada noche una margarita”. Dicha canción es un toque de tranquilidad para el ego de la persona amada ratificándole que no tiene por qué sufrir dudando de si la quiere o no. Digamos que el planteamiento es a la inversa del mantra monocorde sí, no, sí…

PEPE CANTILLO


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