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30 de julio de 2016

  • 30.7.16
Sé que no es bueno que yo me juzgue: no ayuda a mi crecimiento personal. Pero siempre me han catalogado como "rara" y supongo que, de tanto repetírmelo la gente, se ha convertido en un mantra que me aporrea el cerebro. Ya sé que no soy rara, soy simplemente una persona altamente sensible, por eso busco la soledad; por eso sufro con el dolor ajeno. Por eso, también, me emociono con Satie y su piano triste.



El mundo cambia de color para mí constantemente. Un día puede ser brillante y puedo ver toda la belleza que me rodea como si alguien hubiese descorrido un velo tras el que se ocultaba la vida; y otro día puedo estar en la Piazza della Signoria de Florencia y no ver nada más que barro gris cayendo por todas partes, haciendo que todo se nuble, perdiéndose los contornos de la realidad.

No es fácil habitar en mi piel. Mi esfuerzo diario va encaminado a vivir el aquí y el ahora. Los nublados los producen esos pensamientos vestidos de fantasmas que me persiguen soplándome en la oreja y que no me dejan descansar. Se alimentan de miedos, de juicios, de barreras, de pasados tristes y futuros inciertos. Estoy leyendo un libro sobre meditación que ha sido revelador. Los humanos sufrimos porque tenemos aversión al cambio y el mundo está constantemente girando.

A veces, cuando estoy sentada en un banco cualquiera junto al Sena, observo este río que va hasta Normandía, veo cómo su agua fluye, cómo torna el color de su superficie cuando el sol se esconde y se deja ver tras una nube.

La gente pasa, niños que apenas han comprendido la gravedad, ancianos que la desafían, enamorados que vuelan, perros que corren, chicas en bici que sonríen, el librero estático en la orilla... Todo empieza a dar vueltas como un torbellino, un tornado como en El Mago de Oz aprisiona todo ese universo que veo en una bola de cristal de esas que contienen un mundo rodeado de agua y purpurina.

Y entonces empiezo a sentir que yo también me muevo, que aunque esté sentada en un banco de piedra fijo, estoy montada en un tiovivo sin anclajes que se desplaza formando una elipse. Sé lo que dirían algunas de mis profesoras: "¡Qué ideas tan raras se te ocurren!".

Pero no es ninguna rareza. Es simplemente mi sensibilidad, que me ha besado en los ojos despertándome y haciéndome ver que soy una criatura de un planeta que gira y gira alrededor de una estrella. Y yo queriendo encontrar un punto fijo en el alambre...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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