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25 de julio de 2016

  • 25.7.16
Sin negar la existencia de enormes problemas y dificultades que aquejan a buena parte de la sociedad española (desempleo, desahucios, hambre, etc.), hay que reconocer que la mayor parte de las veces nos dedicamos a mirarnos el ombligo sin percibir que otras personas sufren situaciones aún más lacerantes e ignominiosas que las que nos afectan. Pensamos que nuestros problemas son mayores y aún más graves que los que asolan a otras partes del mundo, vecinales de nuestro país.



Ello nos induce, no sólo a portarnos como egoístas y escatimar toda ayuda que creemos merecer antes que nadie, sino también a no ponderar en su justa medida los recursos de socorro que disponemos y las redes que nos protegen de males aún peores. Nos miramos el ombligo y no vemos nada más.

Es cierto que en España hay muchas personas, hoy en día, que pasan hambre, que no tienen donde dormir y que carecen de recursos o de trabajo para satisfacer sus necesidades básicas. No hay que salir de nuestras ciudades para encontrar gente buscando en la basura, conocer individuos que no tienen techo y duermen en la calle, o familias enteras que no hallan trabajo y acusan entre sus miembros los zarpazos de la pobreza, la marginación y las desigualdades sociales.

No soy tan ciego para negar que tenemos serios y graves problemas a los que hemos de enfrentarnos. Ni tampoco tan sectario para pensar que soportamos la peor de las maldiciones que sumen a nuestro país en la miseria. Entre un extremo y otro se ubica una realidad en la que todo lo que hagamos parecerá poco para abordar situaciones inconcebibles en un país rico y moderno como el nuestro.

Hay que reconocer, sin ningún espíritu conformista, que afortunadamente disponemos de ciertos auxilios públicos que intentan paliar esas situaciones. Aliviarlas en lo posible y dar algún consuelo cuando no hay nadie para ello, ni siquiera familia, y más se necesita. Existen comedores asistenciales en los que se ofrece un plato caliente a quien no puede procurarse alimento, unas urgencias hospitalarias en las que resuelven cualquier dolencia aguda de tratamiento inmediato e incluso albergues municipales que libran de la intemperie a quien no tiene techo.

Ninguna de estas medidas paliativas es del agrado de nadie, menos aún de quien está abocado a depender de ellas. Pero, cuando menos, prestan algún alivio en unas situaciones minoritarias de extrema necesidad. Con todo, insisto, hay que seguir luchando por erradicar completamente estas lacras de nuestra sociedad.

Pero sin perder la perspectiva. Porque los niveles de pobreza en España, entendida ésta como la carencia de los bienes necesarios para subsistir, no son equiparables a los que contemplamos en los países subdesarrollados del Tercer Mundo.

Cuando en los medios de comunicación, especialmente durante las campañas electorales, aparecen noticias acerca de que, por culpa de la crisis, muchos no pueden ir de vacaciones, tienen dificultades para hacer frente a los vencimientos de una hipoteca o viven a expensas de las aportaciones económicas de padres o abuelos, tendemos a considerar que ello obedece a un empobrecimiento que se extiende por amplias capas de la población.

Comparados con el dispendio en épocas de economía boyante, los problemas que nos aquejan, a causa de unas medidas de austeridad que se ceban sobre los sectores de población más indefensos, tienden a ser considerados insoportables e injustos por cuanto nos conducen a un atraso en térmicos económicos y sociales. El mantenimiento de tales medidas de austeridad y limitación material puede acarrear la exclusión social y la marginación en quienes las sufren. Y hay que combatirlas con denuedo pero percibiendo con claridad a lo que nos enfrentamos.

Porque, a veces, confundimos pobreza con la dificultad para disponer de teléfonos móviles, irnos de vacaciones a un destino turístico o poseer un automóvil para acudir a la universidad. Nos consideramos pobres cuando nuestros recursos nos impiden actualizar el vestuario con la última moda, mantener la calefacción encendida durante todo el invierno o enviar a nuestros hijos a un colegio privado o concertado e, incluso, a un campamento de verano.

Somos pobres si no cambiamos de coche regularmente, si no visitamos un restaurante alguna vez al mes o si no acudimos con relativa frecuencia a visionar un espectáculo (cine, teatro, etc.). Nos sentimos pobres si carecemos de Internet o cualquier artilugio electrónico de moda, no adquirimos una vivienda en propiedad o no utilizamos la tarjeta de crédito para comprar mensualmente en unos grandes establecimientos.

Cuando la educación y la sanidad están garantizados universalmente, y gran parte de las necesidades en alimentación, vivienda, ropa, agua potable e higiene también están cubiertos con más o menos limitaciones, declararnos pobres responde a la actitud de quien sólo se mira el ombligo y desdeña lo que sucede a su alrededor.

Comparados con los que de verdad carecen de los bienes necesarios para subsistir y no disponen de lo necesario para la supervivencia humana, como sucede en países cercanos geográficamente al nuestro y de los que huyen, jugándose la vida, esos refugiados que imploran nuestra ayuda, nuestros pobres resultan ser unos privilegiados movidos por el egoísmo o la ignorancia.

No es que no tengamos pobres entre nosotros, si no que, al mirar alrededor, vemos que otros más míseros que nosotros recogen lo que nosotros despreciamos porque andamos ofuscados mirándonos el ombligo.

DANIEL GUERRERO


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