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23 de julio de 2016

  • 23.7.16
Ella adivina que debajo del cielo los árboles caen tristes hacia el costado muerto de la cordillera y que, más allá, donde el cóndor muestra la perfección de un vuelo que agota el día, no hay otro espacio árido que su cuerpo desorientado. Hay un color plomo donde las aguas se bifurcan y una sensación solemne cuando la tarde cae apretada entre los riscos más próximos.



Espera un aviso de la naturaleza, aun cuando ella es sorda a todo canto que no nazca más adentro de su corazón. Tiene hoy su mirada el desconcierto de los días arrasados por la monotonía y el brillo de las mañanas que nacen para no ocultarse nunca.

Está sentada en la arena, como quien espera un tren que vuelve de un país lejano o una lluvia fortuita que limpie el aire cansado de un tiempo fenecido. No le importa la espera, ni el tiempo de esta, porque el tiempo es moneda de buen canje en las estaciones largas y húmedas que no llevan más allá de la misma mirada.

Ojea entre las hojas caídas un indicio de su propia búsqueda, huellas recientes que el viento no mordió, una leve sospecha quizá de que valió la pena estar ahí cuando nadie la esperaba, cuando ella misma no esperaba ya nada, cuando el tiempo del Apocalipsis no halló su camino por estas veredas sin dueño.

Quiere pensar –y piensa– que el aire manso de la tarde le basta para reordenar los pensamientos, para maniatar los huracanes deshilvanados de un destino arbitrario y fugaz. Después, cuando sea –ella no sabe–, seguirá estando aquí siempre a la espera, acaso sin esperar nada, atando las horas pasadas a esta puerta maltrecha para que no se suelten a su antojo en este desierto deshabitado que solo ella habita.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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