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26 de junio de 2016

  • 26.6.16
Por razones familiares he visitado muchas veces Suiza, ese pequeño país confederal ubicado en el corazón del continente europeo. Del mismo, podría extenderme en contar sus singularidades (no voy a entrar en el tema del secreto bancario, pues el suizo Jean Ziegler lo lleva denunciando en sus libros desde hace décadas). Para que se me entienda, en bastantes ocasiones lo resumo indicando que Suiza es casi lo opuesto que encontramos aquí en España.



A pesar de las singularidades y diferencias, algo que compartimos ambos países es ser la cuna de grandes arquitectos. Sin embargo, no sería hasta el año 2001 cuando dos arquitectos suizos, Jacques Herzog y Pierre de Meuron (ver Arquitectura: Herzog & De Meuron), recibirían el reconocimiento internacional con la concesión del premio Pritzker. Más tarde, en 2009, se le otorgaría a otro arquitecto helvético: Peter Zumthor.

No obstante, en esta ocasión no voy a hablar de alguien que haya recibido ese afamado galardón, sino de Mario Botta, arquitecto por el que siento una especial predilección, puesto que su enfoque de la arquitectura, en gran medida, lo siento muy cercano a mi forma de entenderla.

Su nombre y apellidos nos remiten de inmediato al cantón de Ticino, en el sur de Suiza, dado que es la parte helvética en la que hay un predominio de la lengua y la cultura italiana. De este modo, una de las singularidades a las que he aludido consiste en que la lengua de este cantón comparte oficialidad con el francés y el alemán dentro de la confederación helvética.

Mario Botta, nacido en 1943 en la localidad de Mendrisio y con 73 años, se encuentra impregnado del espíritu artístico y arquitectónico que hunde sus raíces en el románico italiano y se prolonga hasta ese período de gran creatividad que fue el Renacimiento.

Desde el punto de vista constructivo, si algo define a este arquitecto es su capacidad para el empleo de materiales tradicionales como son la piedra, el ladrillo y el hormigón, al tiempo de ser capaz de aplicarlos dentro de las concepciones del denominado Movimiento Moderno, es decir, de aquella corriente que supuso toda una renovación de la arquitectura adecuándola a los planteamientos más innovadores.

Parece una paradoja que un arquitecto actual y con reconocimiento internacional sienta especial predilección por el arte románico e intente plantear las construcciones de sus proyectos como lugares cerrados en los que el individuo se sienta protegido del exterior, de modo que, a diferencia de muchas de las obras actuales en las que el cristal es un elemento básico en las fachadas, busque especialmente el sentido de protección y acogimiento dentro de sus edificios.





Para comprender su filosofía constructiva, nada mejor que acudir a la pequeña iglesia que proyectó en Mogno, un pueblecito anclado en el espléndido valle de Maggia, y en la que se resumen algunas de sus ideas acerca de su pensamiento arquitectónico.

Sobre este proyecto, conviene apuntar que la pequeña población de Mogno sufrió en 1986 una catástrofe: quedó arrasada por la avalancha que se le vino encima desde las montañas que rodean el bucólico paisaje de este valle. La pequeña iglesia, edificio del siglo XVII y dedicada a San Juan Bautista, quedó completamente destruida.

El proyecto de nueva construcción se le encargó a Botta. Sin embargo, la gente que habitaba el pueblo y sus alrededores no entendían su propuesta, pues nunca habían visto una iglesia que tuviera forma cilíndrica. Al cabo de los años, la población de Mogno acabó aceptando que se edificara ese proyecto; y no se equivocó, pues la nueva iglesia se convirtió en una singular creación citada en revistas internacionales de arquitectura.

Sobre la misma, Rudolf Arnheim, catedrático emérito de Psicología de la Universidad de Harvard, dijo lo siguiente:

“Al diseñar una nueva iglesia para Mogno, Mario Botta evitó los efectos paralizadores de los símbolos cerrados de la arquitectura clásica tradicional. Su creación exhibe un estilo moderno y, pese a ser sorprendentemente distinta, no ansía a convertirse en una novedad sensacional. Muy al contrario, aspira a satisfacer las funciones de un templo de culto derivándolas de los rasgos expresivos de las formas geométricas básicas”.

Inevitablemente, quien visita esta pequeña iglesia se queda sorprendido, pues su autor parte de las formas geométricas básicas -círculo, elipse y cilindro truncado- para la construcción del volumen externo. Sin embargo, en su interior se muestra la solidez de la arquitectura románica del norte de Italia, a base de franjas alternas de piedra gris y mármol blanco, tan característico de la Toscana y Lombardía italianas.





El impacto de esta pequeña iglesia no pasó desapercibido. Así, unos años más tarde, Egidio Cattaneo, uno de sus grandes defensores, le encargó la construcción de una capilla a la memoria de su esposa y que se levantaría en el valle de Maggia, lugar de espléndidas vistas a las montañas que lo rodean.

Pareciera que, por las obras citadas, Mario Botta sería una persona especialmente religiosa, en un país en el que conviven católicos y protestantes, junto con otras minorías.

Sobre este punto, el propio autor declararía: “Tengo lo que se llama un concepto laico de la religión. Creo que la arquitectura puede transmitir sensaciones y despertar en las personas el deseo de alcanzar valores espirituales como el silencio. El silencio es algo raro en el mundo moderno y, aun así, es posible encontrarlo en las iglesias y las salas de conciertos… Me gusta la arquitectura antigua dado que es capaz de resistir y seguir afrontando el mundo exterior con sus propios medios”.

Pues bien, si alguien quiere conocer la integración de la arquitectura tradicional con una singular propuesta no tiene más que ver las imágenes de una capilla realizada toda en piedra y ubicada en la parte inferior y final del camino-puente que Botta traza y que concluye con un mirador desde el que se contempla las espléndidas vistas del valle de Maggia.

Quizás sea ese el sentido de espiritualidad del que nos habla el arquitecto suizo, pues el impresionante silencio del lugar unido a la sublime belleza del entorno que se eleva a dos mil metros sobrecogen a quien visita las proximidades del monte Tamaro.





Otra de sus obras relevantes dentro de la arquitectura religiosa, y en la que aplica sus principios de articular los elementos y volúmenes básicos con la tradición, se encuentra en la catedral de la pequeña ciudad francesa de Evry.

Su construcción se llevó a cabo entre 1988 y 1995, no estando exenta de polémica. En este caso no era tanto la forma, dado que ya se conocía la arquitectura de Mario Botta, como por el elevado coste, ya que era la primera catedral que se construía en Francia en el siglo pasado.

El edificio presenta una forma circular, con un diámetro exterior de 38 metros de diámetro. Ese volumen se encuentra truncado en el techo, tal como acontecía en la pequeña iglesia de Mogno, con una estructura de hormigón armado recubierta de ladrillo rojo fabricados en Toulouse.

Para comprobar su magnitud, tengo que apuntar que el edificio está revestido de 800.000 ladrillos, teniendo la capacidad de acoger a 800 personas en el piso inferior y 500 en las galerías superiores.

Por otro lado, llama la atención la cubierta en la que se encuentran plantados árboles, asemejándose a una corona circular inclinada y que algunos han interpretado como alegoría a la corona de espinas de Cristo.



Por lo que hemos visto, no cabe duda de que el cilindro truncado es una seña de identidad de Mario Botta, puesto que lo encontramos en algunas de las numerosas obras que ha proyectado a lo largo de su vida. Lo cierto es que ningún otro arquitecto, que yo sepa, acude a esta singular forma volumétrica para sus edificios.

El cilindro truncado se hace claramente evidente, otra vez, por el lugar que ocupa en el conjunto del museo de Arte Moderno de la ciudad californiana de San Francisco, obra que se abrió el público en el año 1995.

Como suele ser habitual en Botta, también en este caso el ladrillo rojo adquiere un gran protagonismo. Se complementa, con la claraboya cilíndrica, rematada por la elipse de cristal (como resultado del corte del cilindro por un plano inclinado), para ofrecer luz natural al interior del museo. En la misma, se alternan de nuevo las franjas blancas y grises, otra de las referencias del arquitecto suizo.





La mayor parte de los proyectos de Mario Botta se han llevado a cabo en su país de origen, Suiza, junto a Francia e Italia. No obstante, dos obras significativas ha firmado lejos de este entorno: el citado Museo de Arte Moderno de San Francisco y la galería de arte contemporáneo Watari-um, ubicada en Tokio.

En este segundo caso, quiero presentar el plano de planta, pues es un perfecto triángulo isósceles, cuyo lado mayor se corresponde con la fachada de la galería.

Para entender su significado, acudo a la carta que le dirigió a su propietaria en la que le decía: “En la Babel de las lenguas urbanas, quería comprobar la ‘vigencia’ de una imagen sorprendente y primaria: una arquitectura generada por la lógica interna del edificio, por su geometría y los efectos de la luz. Mi esperanza, querida y ‘difícil’ señora Watari, es que ‘nuestro’ Watari-um perdure por los siglos de los siglos, como los edificios del románico”.

Creo, para cerrar este breve recorrido por la obra de Mario Botta, que su deseo de perduración es casi una utopía en un mundo en el que la caducidad y la fugacidad parecen ser leyes que forman parte de una sociedad en la que la rapidez y el vértigo son dos de sus señas de identidad.

AURELIANO SÁINZ


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