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31 de mayo de 2016

  • 31.5.16
Hace unos días me encontré con un amigo de la infancia que hacía casi cincuenta años que no veía. Nos abrazamos llenos de alegría y comentamos cómo ha cambiado todo en la vida, cómo ha avanzado la tecnología en todos los aspectos. Recordábamos los primeros años de aprendizaje de mecánico.



−¿Recuerdas cuando trabajamos con el embarrado de correas en las máquinas? Cuando la broca de diámetro de 30 milímetros no cortaba lo suficiente, se salía la correa del embarrado y se quedaba el torno parado...

Los dos reíamos recordándolo.

−Cómo ha cambiado todo, ¿verdad Félix? −señalaba Juan− A propósito, el otro día, mi hija me enseñó una especie de recuerdo de aquellos años que había encontrado husmeando por Internet. Dame tu correo, que te va a gustar.

Se lo di y nos despedimos con un abrazo. Al recibir su correo, leí que una tarde, un nieto estaba con su abuela hablando y preguntando temas de la vida actual. De pronto, le dice:

−Abuela, ¿qué edad tienes?

−Vamos a ver, Carlos, déjame pensar un poco. Préstame atención y lo sabrás. Nací antes que la televisión; que las vacunas contra la polio; las comidas congeladas; la impresora; el fax; y la píldora anticonceptiva.

Cuando yo nací no existían los radares para los aviones; ni la tarjeta de crédito; ni los rayos láser; ni los teléfonos portátiles. Aún no se había inventado el aire acondicionado; ni teníamos microondas; ni lavavajillas; ni secadoras de ropa. Entonces, la ropa se tendía a secar para que le diera el sol y el aire fresco.

Hay más cosas aún, Carlos. "Gay" era una palabra respetable en inglés que aludía a una persona, contenta, alegre y no homosexual. De las lesbianas nunca habíamos oído hablar y los muchachos nunca se ponían aretes en las orejas. Entonces también conocíamos la diferencia entre los sexos, pero a nadie se le ocurría cambiar el suyo.

La gente no se comunicaba por Internet, ni se hacían citas y, menos, concertar matrimonios a través de la Red de Redes. Mi madre se casó; muchos años más tarde también lo hice yo, y vivíamos juntos; y en cada familia había un papá y una mamá. El hombre aún no había llegado a la Luna y no existían aún aviones para viajeros supersónicos.

No había trasplantes de órganos; se remendaban los calcetines con un huevo de mármol y se destapaban caños. Ahora se destapan las arterias del cuerpo humano. No había dobles carreras universitarias; aún no se dictaminaba el estrés ni traumas prenatales; ni las terapias de grupo con psicólogo.

Jugábamos en la calle al trompo y a las canicas, no teníamos Nintendo. Hasta que cumplí 25 años llamaba a cada hombre "señor", y a cada mujer, "señora" o "señorita". Como podrás ver, Carlos, la vida actual no es como cuando yo nací y me crié. En mi tiempo, la hierba era una cosa que se cortaba, no se fumaba como ahora. La palabra “coca” era una gaseosa y no se inhalaba; la música de Pop Rock era la que la hacia la mecedora de la abuela. Además, fuimos la última generación que creyó que una señora necesitaba un marido para tener un hijo. Y ahora, dime, Carlos, ¿Cuántos años crees que tengo?

−Más de cien, abuela.

−No mi amor. Solamente tengo sesenta.

JUAN NAVARRO COMINO


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