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16 de noviembre de 2013

  • 16.11.13
Huyendo de metonimias y metáforas que, por otro lado, ayudan a expresar conceptos abstractos que de otro modo resultaría difícil, el mito puede entenderse como el sustrato de ciertos hechos pretéritos que, convertidos en universales, pertenecen a la conciencia de la Humanidad. El mito es una conclusión común a todos los planos de realidad. De modo que cualquiera de ellos posee la capacidad para narrarlos. Aunque hay mucho más, dejemos las profundizaciones para otra ocasión.

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El ciclo, en cambio, es orden, secuencia repetitiva en la que suceden ciertos acontecimientos que tienen en común un determinado espacio-tiempo. Pertenecer a un ciclo es participar de ciertos rasgos comunes y diferentes respecto de los del ciclo anterior o del posterior. El ser humano es capaz de hallar diferencias aplicando contrastes, opuestos y contrarios, como flujo y reflujo, calor o frío, día y noche, quietud-movimiento, positivo-negativo, lleno-vacío, etc.

A partir de “hechos diferenciales”, analizados en función de esta bipolaridad, los estudiosos de todas las épocas de la Humanidad han podido especular hasta el infinito, integrando en ciclos de distintas duraciones, la hegemonía de un dios, la duración de una cultura o la vigencia de un modo de vida. Es como observar los años de vida de la Humanidad, desde sus inciertos orígenes hasta el presente, de modo global.

En esta visión genérica descubrimos que podemos establecer ciclos, de diferentes periodos de tiempo. Así, lo que entendemos por día es el ciclo-unidad que depende del período de exposición de la Tierra a la luz del Sol. Noche, es su ciclo contrario. Ambos dependen de la rotación del planeta alrededor de un eje imaginario y comprende aproximadamente doce horas de luz y doce horas de sombra.

Mediante la observación y el cálculo matemático aplicado a las estaciones, la Humanidad también puede constatar la existencia de ciclos en casi todo, incluso imaginar otros muy anteriores. Y, al compararlos entre ellos, llegar a la conclusión de la existencia de sólo cinco tipos de ciclos vitales:

1. Ciclos de instantes de duración. Son los relacionados con la vida a nivel celular y aplican los contrastes basados en lleno-vacío o inspiración-expiración, etc.

2. Ciclos naturales. Día-noche, de veinticuatro horas; pleamar-bajamar...

3. Ciclo anual, de 365 días, divisible en cuatro estaciones o en dos pares de estaciones agrupadas en frío-calor: otoño/invierno, primavera/verano. Este ciclo está ligado a movimientos de rotación elíptica en torno al sol.

4. Ciclo precesional, llamado de Hiparco (190-130 a.JC.) y confirmado por Kepler (1571-1670) de una duración aproximada de 2.215 años, tiempo que tardaría la tierra en girar en torno a la Estrella Polar. Los primeros cálculos fueron aproximados. Los sumerios (2.000 a.JC.) lo calcularon en 3.600 años, el resultado de dividir 43.200 años entre doce.

Los egipcios llamaron a este ciclo la era Sotana, de unos 1.460 años, a la que le añadían los 500 años de la vida del Fénix (o tiempo del Reino), completando los 1.960 años. Los vedas, lo estimaron en 2.000 años. Para Platón es un periodo de 2.159 años y, finalmente, Kepler lo ajustó a 2.150 años, idéntico al número que lleva su nombre.

Este ciclo zodiacal ha sido especialmente importante para comprender las grandes eras de la Humanidad y la venida de los avátares, o líderes mundiales. Si pudiéramos mentalmente remontarnos a miles de años de antigüedad, contemplaríamos los siguientes periodos zodiacales vividos por la Humanidad:

Era de Leo, marcada por la Esfinge de Gizeh, anterior a los orígenes de la civilización egipcia, en 10.900 a.JC; por lo que los que edificaron la esfinge tuvieron que proceder de un continente desaparecido o a punto de desaparecer. Es muy probable que este continente sea la Atlántida o Lemuria.

• Era de Tauro, el Buey Apis, en la constelación de Mentoe, iniciada en el 4.600 s.JC.

• Era de Aries, del carnero o o Amon-Ra, iniciada en el 2.300 a.JC. Este fue el carnero que Moisés mandó construir durante el Éxodo, una vez destruido el becerro de oro, símbolo de lo que dejaron en Egipto. Probablemente ocurrió así porque Moisés enunciaba con la Ley escrita a piedra y fuego el inicio de la nueva era, la de Aries.

• Era de Piscis, iniciada el 21 de diciembre de 120 a.JC, el avátara de esta era es probable que sea Jesucristo y la del Cristianismo.

• Y era de Acuario, que su entrada terminó el pasado 21 de diciembre de 2012. Viene representado la la figura del aguador, el joven Ganímedes raptado por Zeus para que escanciara licores en los banquetes.

Si le sumamos los 2.150 años que durará su influencia, durará hasta el 21 de diciembre de 4.172 d.JC.

Jesucristo anuncia su llegada con estas palabras recogidas por el apóstol san Mateo: “El que quiera ser grande entre ustedes, sea servidor de los demás; el que quiera ser el primero, hágase servidor de todos, igual que yo. No he venido a que me sirvan, sino para servir” (Mateo, 10:16). Por tanto, los seres de Acuario serán integradores, eclécticos y poseedores de conocimiento superior.

Amarán y desarrollarán mucha capacidad de servicio a los demás, de asistir a sus semejantes y controlar sus emociones. Serán como el agua que fluye y se adapta al recipiente que los contiene, así será el espíritu del ser Acuario.

Para el Yogi Bajan (La Mente, p.13), la era Acuario «será testigo de un cambio radical en la conciencia, la sensibilidad humana y la tecnología. El cambio central de esta nueva era enfatiza una sensibilidad incrementada, una evolución de nuestro poder de conciencia, y una nueva relación con nuestra mente».

Pero hemos hablado de cinco tipos de ciclos. El quinto es zodiacal, de 25.800 años (resultado de multiplicar los doce signos zodiacales por la duración de cada ciclo precesional). Astronómicamente, consistirá en un recorrido de la Tierra por todas las casas zodiacales.

Exactamente cuando el punto vernal (o punto donde se encuentra el sol en el equinoccio de primavera; es decir, el 21-22 de marzo de cada año) cruza por todas las constelaciones del Zodíaco. De ahí que predecir este punto vernal, o inicio del tiempo de siembra, fuera tan importante para todas las culturas sedentarias de la Tierra.

ÁLVARO RENDÓN
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